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LA ESCENA DEL DOLOR Y EL ESCENARIO DEL PODER
Los espantapájaros, guión de Carina Maguregui, ilustraciones de Muriel Frega


Por Carina Maguregui*


El centro gravitatorio del cómic Los espantapájaros es Ángela Zaño, paciente-víctima de un encarnizamiento terapéutico que la hace rebotar entre quirófanos y terapias intensivas. La protagonista —como otros pacientes que atraviesan este calvario con ella— cae en las manos de aquellos médicos que rinden culto al dios positivista de la curación del cuerpo-cosa y olvidan que el ser humano tiene una trascendencia, algo que excede las posibilidades económicas y tecnológicas: lo intangible, la sensibilidad personal.

Las imágenes, al mismo tiempo bellas y traumáticas, de Muriel Frega nos presentan cuerpos en posturas que son el resultado de la metamorfosis quirúrgica que los dispara transformados, lejos de una posición natural: inmovilizados y enrollados en sí mismos.

El organismo no está enfermo sino convertido en enfermedad por los aparatos médicos: el cuerpo es enfermado por la imposición de un orden clínico. La animalidad natural —de los fluidos, de las sustancias, del instinto, de la muerte— ha sido desvitalizada.

En Los espantapájaros, como en su momento lo señaló Michel Foucault, el cuerpo humano es el lento resultado de acciones artificiales y represivas que incesantemente le imponen las tecnologías del poder. Para estas tecnologías incluso las funciones vitales, la sexualidad, la enfermedad y la muerte son factibles de ser sometidas a manipulaciones médicas, económicas y políticas, es decir, a unos procesos de control.

El tema ya lo había tratado en mi novela Doma —Alción, 2004— pero intuí que este material era extremadamente sensible y tenía el potencial para continuar desarrollándose en diferentes formatos. Así surgió la idea de hacer una adaptación para teatro de ciertos núcleos conflictivos de la novela. De este nuevo trabajo con un lenguaje completamente diferentes comencé a esculpir una dramaturgia y a gestar un concepto escénico que le permitieron cobrar vida a la obra de teatro Tumbada blanca en blanco.

Siempre me interesaron esa clase de obras que demandan sí o sí un compromiso, una fidelidad, una postura, tanto de parte del que escribe el texto como del que se apropia de él: el espectador o lector que lo hace productivo.

Eso es lo que me atrae del proceso creativo: diseñar un dispositivo artístico que haga posible la puesta en escena o puesta plástica de conflictos que desde lo particular nos llevan a lo universal y nos colocan en una posición activa, de movilización. Mi anhelo como escritora y dramaturga era/es desplegar un texto/obra/producción que, al menos, logre inquietar al espectador, jamás dejarlo indiferente.

Tumbada blanca en blanco se hizo carne, con una mención de Argentores en 2006 bajo el brazo, y tuvo su temporada teatral durante 2007 dirigida por Roxana Randon. En 2008 y 2009 nacieron, del trabajo conjunto con la artista Muriel Frega, las historietas Los espantapájaros y Cabeza.

Como tira unitaria, Los espantapájaros obtuvo una mención en el Concurso Nacional de Historietas Roberto Fontanarrosa 2008 y fue publicado en la revista Nómada, Año 3, No. 16, de la Universidad Nacional de San Martín.

Lo interesante de este crecimiento multiformato es que los tres productos son independientes entre sí y tienen su propio lenguaje. No es necesario leer la novela Doma ni ver la obra de teatro Tumbada blanca en blanco para comprender las historietas Los espantapájaros y Cabeza. Es un universo cuya mitología se ramifica en diversos terrenos.

Y la representación de este universo nos conduce a replantearnos qué significa verdaderamente “calidad de vida”. A reformular el derecho que toda persona tiene a decidir por su cuerpo, por sus tratamientos, por elegirlos o rechazarlos y dejar establecido cuándo y en qué momento no quiere continuarlos.

En lo personal, quiero y necesito saber que podré decidir qué hacer con mi vida en una situación de enfermedad de curso irreversible sin posibilidades de cura y no que los médicos decidan por mí. Sí que me aconsejen lo que es más adecuado y me acompañen en mi decisión. Esto conlleva una asistencia al morir que hoy no sólo no está arraigada y es poco difundida sino que encuentra duros oponentes en muchos sectores de la sociedad.

Doma, Tumbada y Los espantapájaros están atravesados por las preguntas y cuestiones fundamentales sobre el derecho a decidir, el grave deterioro de la relación médico-paciente y la crisis del sistema de salud que reclaman un debate urgente.

Como artistas, el desafío consiste en instalar el tema en todos los campos creativos posibles. El próximo proyecto que tenemos en carpeta junto a la talentosa Muriel Frega es Modus operandi, la novela gráfica, de la cual Los espantapájaros y Cabeza son el capítulo 1 y 6 respectivamente de un total de ocho.

En este momento estamos buscando interesar a algún sello editorial —podría ser mexicano ¿por qué no?— para que nuestra apuesta estética y ética pueda completarse. Tanto Muriel como yo tenemos la convicción de que Modus operandi será, sin duda, la novela gráfica de la épica del cuerpo en el siglo XXI.













Carina Maguregui
magur001@yahoo.com
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