
49 niños muertos en Hermosillo
“El dolor de los demás se ha convertido en mero objeto de discurso politiquero.”
—Guadalupe Beatriz Aldaco, “Las subjetividades atrofiadas”, en www.dossierpolitico.com

Borges era el tema. El profesor refiere sobre varios críticos literarios que han concentrado los análisis en la influencia inglesa del escritor y cómo Borges parece más un escritor extranjero que propiamente argentino. Yo miro desde la última silla la camisa arremangada del profesor, seguro tiene calor con estos cambios bruscos de clima, tan lejos de su país. Su piel está reseca, incluso los bordes de la boca, sobre todo los codos. Es un hombre moreno mayor de cuarenta sin llegar a los cincuenta, y trato de imaginar en qué momento el cuerpo de un hombre pone en peligro esta habilidad de los demás en adivinar sus años. Casi calvo, regordete, usa anteojos como la mayoría de su profesión. Los miopes son excelentes lectores, concluyo, leen todo más de una vez para estar seguros. Pero hay algo en él que lo delata, una media sonrisa cuando encuentra en el texto algo que le gusta, ahí, incluso a pesar de sí mismo, su pasión es visible. Sigue hablando sobre la periferia en algunos cuentos del gran escritor que es más comentado que leído, yo pienso en lo aplanado y cuadrado de sus uñas. ¿Cómo se verán esas manos en mí? El contraste de su piel tan morena, miel quemada, sobre la mía, un poco amarillenta. ¿Cómo será besar esa boca reseca? Casi imagino el crujir del beso. ¿Será de los que tocan los dientes con la lengua? ¿Hablará de Schopenhauer en los movimientos del amor? Trato de imaginarlo sin ropa. Su camisa impecable, su suéter de cuello en v, su saco de cuero, sus tenis y sus jeans, formal pero cómodo, ni tan joven ni tan viejo: eso dice su vestuario. Llego a la conclusión de que es de los que se quitan la ropa en orden, hasta en eso el método, supongo.
Su paciencia es transparente, acostumbrado a las discusiones a veces intensas y otras áridas; como buen profesor. Su tono de voz en mí. ¿Y si pone su lengua entera en mi oído también lo sentiré hablarme? ¿Podré admirar después a quien ya miré desnudo y sé de la intimidad que no miente?
Se nota que no sabe prometer. Pero hay algo de él que busca amar tan intensamente algo como los textos que lee. No sólo de textos vive el hombre. La lectura es un ejercicio erótico. El profesor sabe que Borges poseía una escritura fría de tan inteligente y lo que admira en él es precisamente de lo que él carece. Este hombre, tan raro en su profesión de gente encerrada y friolenta, de intelectual frágil enclaustrado en los confines interminables de bibliotecas y cubículos académicos, ama vivir. Su apoyo en la silla frente a nosotros no es rígido ni marca distancias, se resbala apenas para lograr una comodidad larga y nos mira con ojos entrecerrados disfrutando el placer de compartir ideas. Su clase es una sesión amorosa. Y yo salgo limpia y ligera, libre de todo, me atrevo apenas a esbozar una ligera sonrisa agradecida.