Los dilemas de Jessy Bulbo contradicen su efusividad sin remedio. Nos encontramos para charlar en un agradable loft de Tacubaya. Es la celda de Jessy. Ahí vive, trabaja, fantasea y compone canciones espasmódicas que luego graba con su banda Bulboraiser en el estudio de grabación del amplio pabellón fraccionado.

Tiene tres perros a cual más de opuestos entre sí: un xoloiscuintle y un terrier de pelaje crespo que parecieran haber engendrado al otro, uno albino y medio calvo que Jessy recogió de la calle. Pasé un rato acariciándolo y permitiendo que me lamiera. “Tiene sarna”, me informa Jessy, luego de servirme café. De inmediato siento picores y paranoia. Llama mi atención que no le inquiete compartir la agradable habitación espaciosa de techos altos y tapanco con un animal enfermo. El lector tendrá que imaginarse que esa misma actitud desprendida forma parte del mundo ambivalente de Jessy. De ahí que prosiga sin mayor vehemencia: “Dice el veterinario que no hay riesgo de contagio para los humanos”. De todos modos, “Mambo está desahuciado porque sus genes callejeros están indefensos contra los ácaros que se alimentan de él”.
Con ese mismo desapego Jessy Bulbo canta en su E.p. Bulboraiser: “En la cama y en la cárcel se conoce a los amigos”. La voz de adolescente en crisis es apoyada en los cinco cortes por una vigorosa instrumentación de bajo, batería, guitarra y la misma Jessy al órgano. Lo que sigue es el condensado de una parranda con amigos y una vaga idea del paso de las horas.
—¿Cómo tomar en serio a una chica con un pasado como el tuyo?
—Porque lo mío era diversión y más diversión. En ese patín se me hacía muy cool tocar con Las Ultrasónicas. Pero hace un par de años ese mundo de florecitas, ternura y canciones de amor y desamor se fundió.
—¿Qué tenía que ver ese mundo feliz con una banda como Las Ultrasónicas?
—Quería escandalizar y me atraía la idea de vestirme con ropa espectacular en un grupo de chicas tipo cómic que echan relajo en un coche, salen de compras y prueban drogas. Adolescente, el rollo.
—Algo así como unas “barbies” desquiciadas...
—Pero con esa filosofía de la “chica jaula” que baila a go gó.
—Colores chillantes, imagen sexy y yeah yeah.
—Exacto. Sólo quería pasarla bien con mis amigas y lo logré. Grabamos un disco aunque yo no podía tocar porque no sabía nada de música y a final de cuentas me corrieron de la banda.
—Sid Vicious tampoco sabía tocar y los Sex Pistols le dieron chance sólo por su imagen.
—Sí, pero estaban más drogados que las Ultras, ja, ja ja. Lo único que me gustaba era hacer el show. Creía que lo único chido era divertirse y si alguien trataba de aprender música era un pendejo. El chavo que me regaló mi primera guitarra y un amplificador de bulbos (de ahí saqué mi nombre) lo hizo con esa onda de que “No hay pedo, no te voy a enseñar a tocar, te voy a dar con qué lo hagas”. La actitud de mis amigos de la adolescencia siempre fue así.
—Sexo, drogas y rocanrol.
—Por supuesto. Pero viviendo en Xalapa conocí músicos con formación académica y eso cambió mi manera de pensar. Me di cuenta de que me gustaría intentarlo de verdad.

 

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*J.M.Servín -jmservin@hotmail.com- es autor de Cuartos para gente sola (Planeta-Joaquín Mortiz, 2004)

 

 




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Ely Guerra: "Me gusta que haya un personaje como Marcos, al pendiente de nuestros indigenas..." Como dice el machista pero sabio consejo: Calladitas se ven más bonitas.