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Los
dilemas de Jessy Bulbo contradicen su efusividad
sin remedio. Nos encontramos para charlar
en un agradable loft de Tacubaya. Es la celda
de Jessy. Ahí vive, trabaja, fantasea
y compone canciones espasmódicas que
luego graba con su banda Bulboraiser en el
estudio de grabación del amplio pabellón
fraccionado.
Tiene tres perros a cual más de opuestos
entre sí: un xoloiscuintle y un terrier
de pelaje crespo que parecieran haber engendrado
al otro, uno albino y medio calvo que Jessy
recogió de la calle. Pasé un
rato acariciándolo y permitiendo que
me lamiera. Tiene sarna, me informa
Jessy, luego de servirme café. De inmediato
siento picores y paranoia. Llama mi atención
que no le inquiete compartir la agradable
habitación espaciosa de techos altos
y tapanco con un animal enfermo. El lector
tendrá que imaginarse que esa misma
actitud desprendida forma parte del mundo
ambivalente de Jessy. De ahí que prosiga
sin mayor vehemencia: Dice el veterinario
que no hay riesgo de contagio para los humanos.
De todos modos, Mambo está desahuciado
porque sus genes callejeros están indefensos
contra los ácaros que se alimentan
de él.
Con ese mismo desapego Jessy Bulbo canta en
su E.p. Bulboraiser: En la cama y en
la cárcel se conoce a los amigos.
La voz de adolescente en crisis es apoyada
en los cinco cortes por una vigorosa instrumentación
de bajo, batería, guitarra y la misma
Jessy al órgano. Lo que sigue es el
condensado de una parranda con amigos y una
vaga idea del paso de las horas.
¿Cómo tomar en serio a
una chica con un pasado como el tuyo?
Porque lo mío era diversión
y más diversión. En ese patín
se me hacía muy cool tocar con Las
Ultrasónicas. Pero hace un par de años
ese mundo de florecitas, ternura y canciones
de amor y desamor se fundió.
¿Qué tenía que
ver ese mundo feliz con una banda como Las
Ultrasónicas?
Quería escandalizar y me atraía
la idea de vestirme con ropa espectacular
en un grupo de chicas tipo cómic que
echan relajo en un coche, salen de compras
y prueban drogas. Adolescente, el rollo.
Algo así como unas barbies
desquiciadas...
Pero con esa filosofía de la
chica jaula que baila a go gó.
Colores chillantes, imagen sexy y yeah
yeah.
Exacto. Sólo quería pasarla
bien con mis amigas y lo logré. Grabamos
un disco aunque yo no podía tocar porque
no sabía nada de música y a
final de cuentas me corrieron de la banda.
Sid Vicious tampoco sabía tocar
y los Sex Pistols le dieron chance sólo
por su imagen.
Sí, pero estaban más drogados
que las Ultras, ja, ja ja. Lo único
que me gustaba era hacer el show. Creía
que lo único chido era divertirse y
si alguien trataba de aprender música
era un pendejo. El chavo que me regaló
mi primera guitarra y un amplificador de bulbos
(de ahí saqué mi nombre) lo
hizo con esa onda de que No hay pedo,
no te voy a enseñar a tocar, te voy
a dar con qué lo hagas. La actitud
de mis amigos de la adolescencia siempre fue
así.
Sexo, drogas y rocanrol.
Por supuesto. Pero viviendo en Xalapa
conocí músicos con formación
académica y eso cambió mi manera
de pensar. Me di cuenta de que me gustaría
intentarlo de verdad.
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*J.M.Servín
-jmservin@hotmail.com-
es autor de Cuartos para gente sola
(Planeta-Joaquín Mortiz, 2004)
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