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En
el año 2000 Pedro Almodóvar
subía al estrado a recoger el Óscar
concedido por la Academia de Cine de Hollywood
a su película Todo sobre mi madre.
Frente a millones de personas Almodóvar
hizo un discurso que dejó a no pocos
españoles boquiabiertos. Ni más
ni menos dedicaba el Óscar a la Virgen
de Guadalupe, a la Macarena, al Sagrado Corazón,
al Cristo de Medinaceli y a la casi totalidad
del santoral español: Les he
puesto muchos cirios con hojitas de laurel
porque trae suerte, dijo, y añadía
frente al auditorio y las cámaras:
Sé que para ustedes es un poco
difícil entender esto, pero vengo de
una cultura muy diferente.
Una
de las figuras más representativas
de lo que algunos han considerado la más
reciente modernidad española la
movida de los años ochenta
se encomendaba a la rancia tradición
religiosa para promover la diferencia cultural,
la especificidad creativa y social de un país
que durante cuarenta años de franquismo
y a lo largo de muchos siglos tuvo que luchar
para zafarse de una enquistada inquisición
moral, política y cultural siempre
apoyada por la Iglesia Católica. ¿Es
que Almodóvar se estaba haciendo conservador?
¿Se trataba de una exagerada dedicatoria
a su cristianísima madre? ¿O
Almodóvar no es más que el aspecto
más visible de una modernidad mal tejida,
heredera de una pacata lectura de la historia
que ninguneó cualquier atisbo de crítica
racional hacia lo político, hacia las
causas y efectos que hacen posible que algo
sea moderno, especialmente en
España?
Almodóvar y su cine son el resultado
de muchas contradicciones y también
de lugares comunes que se han querido hacer
pasar por vanguardistas cuando, a fin de cuentas,
no son más que platos recalentados
de una atávica comprensión cultural
de la creación y de la representación:
hablamos del barroco. Adelantemos ya lo que
entendemos por barroco: se trata de concebir
lo social, lo artístico, lo identitario
bajo los patrones de lo esencial,
ese algo natural a la forma que los pueblos
tienen de verse a sí mismos y de representarse.
Para Almodóvar hay tendencias innatas
en la producción social y cultural
española que le llevan a pensarlas
como integrantes de un estilo nacional,
propio de la mentalidad popular española.
Si no fuera así, ¿por qué
buena parte del mundo referencial de Almodóvar
son los toreros, los celos, las monjas y los
curas, la madre, el despecho, el bolero, el
secuestro emocional? ¿Son esos los
argumentos de un discurso moderno? ¿No
es la modernidad un conjunto de preguntas,
experiencias y ecuaciones que cuestionan las
herencias recibidas y cuyos resultados se
proyectan como nuevos paradigmas de reflexión
y práctica? Si así hemos de
definir algo moderno (y no en términos
de moda), ¿qué es lo que verdaderamente
aporta Almodóvar? Porque las respuestas
de buena parte de la movida para nada supusieron
ninguna reestructuración de los caducos
modelos culturales que España heredaba
de Franco, a no ser por el mero desmadre en
el que se produjeron. Los pintores volvían
a pintar cuadros expresionistas, formalistas
y comerciales tras las experiencias conceptuales
de los años setenta que tanto hicieron
por cambiar el estado de cosas: muchos escritores
se lanzaron a especulaciones oníricas
y barroquizantes que difícilmente se
han sostenido con el paso del tiempo: la gran
mayoría de intelectuales pensaron que
la única manera de hacer praxis era
introducirse masivamente en los cargos públicos
que se abrían con el nuevo gobierno
socialista de 1982; no para aplicar sus ideas,
sino para asegurarse un puesto en el nuevo
status quo del dirigismo cultural democrático,
llámesele museos, ministerios de cultura
o becas.®
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* Jorge Luis Marzo (Barcelona, 1964) es curador
de exposiciones, escritor y profesor. En 2004
organizó en Barcelona la exposición
Tour-ismos. La derrota de la disensión
(Fundación Antoni Tapies) y publicó
el libro Me, Mycell and I. Tecnología,
movilidad y vida social. En la actualidad
investiga en México para una exposición
sobre el desastre de la cultura barroca hispánica.
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