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Hay
una escena clara, con la suficiente fuerza simbólica
y coherente en cuanto al andarivel por el cual creo
que se ha ido delineando mi estructura emocional,
que puedo decretarla como válida para ubicarla
en el punto de partida de esta historia.
Transcurría
el año 71 o 72 y hacía muy poco tiempo
que nos habíamos mudado a la ciudad de Santa
Fe, viniendo desde un pueblo cercano de la misma provincia,
llamado Gálvez, situado en el centro geográfico
de la zona central de la Argentina llamada la Pampa
Gringa. Fue la zona donde se ubicaron a fines del
siglo xix los primeros asentamientos agrícolas
y ganaderos de inmigrantes, que en su mayoría
eran italianos y suizo-alemanes: los gringos.
Entonces, más o menos a los once años,
en el primer recorrido exploratorio a un club tradicional
de la ciudad, donde nos habían hecho socios
a mi hermana y a mí, el Club de Regatas, me
llamó la atención una clase de patinaje
sobre ruedas en una gran terraza que daba sobre la
laguna. Recuerdo claramente la escena en contraluz,
recortada sobre el sol rojizo del atardecer de verano.
El profesor con patines de botitas de cuero negro
y las niñas con botitas blancas, con sus madres
a un costado. Esperando...
Algo me gustó. Tal vez la armonía en
los movimientos... No sé. No puedo tal
vez no quiero registrar el perfil exacto del
deseo. Pero estoy seguro de que quise ser parte de
esa troupe.
Al volver a casa, seguramente sentados en la mesa
para cenar, pregunte si me podía anotar en
las clases de patinaje.
La respuesta salió de forma automática.
Directa. No fue cortante ni agresiva: dijo que le
parecía mejor que no, que era cosa más
bien de niñas, de mujeres.
No recuerdo las palabras textuales. El relato me da
lugar a pensar que la memoria escoge un hecho, lo
transforma en una sensación, una emoción,
lo adapta a su conveniencia y lo hace real.
No respondí nada. Me convenció y listo.
Luego, y para seguir con la vida deportiva, vinieron
años de adolescencia sumamente tristes y frustrados
tratando de integrar más o menos con dignidad
las filas del equipo de rugby del colegio de curas
donde estudiaba la secundaria. La meta era no estar
en el banco de suplentes.
También hubo una cortísima experiencia
con el basquetbol, pero prefiero no entrar en detalles.
Un poco de tenis en el Jockey Club, donde jugaba bastante
bien, pero me sentía excluido, creo que por
el hecho de venir de un pueblo chico. Tal vez me inventaba
la exclusión por el gusto mismo de sufrir y
darle al personaje un rasgo de víctima, de
mártir. Tal vez por vocación temprana
de transitar la periferia. Por contar la historia
desde el punto de vista del más débil,
desde el margen...
La estructura dramática estaba perfectamente
trazada. Un guión de hierro. No podía
fallar. Todo preparado para que cuando el monstruo
despierte del letargo pueda explayarse a gusto en
la más sofisticada de las venganzas...
¿No me dejaste patinar...? .
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