Soy biólogo y me dedico al estudio del origen y la evolución temprana de la vida. En 1973 comencé a interesarme en impartir un curso optativo sobre el origen de la vida en la Facultad de Ciencias de la UNAM, y con el propósito de estructurar la materia escribí a distintos investigadores dedicados a este campo solicitándoles programas, bibliografía y sugerencias para saber cómo impartían ellos sus cursos.


La lista no era larga: J. William Schopf, Lynn Margulis, Stanley L. Miller, Joan Oro, Cyril Ponnamperuma. No me atreví a escribirle a Alexandr Ivanovich Oparin porque me pareció que sería demasiado audaz y presuntuoso. Le envié una carta a uno de sus asociados, Kyril Gladilyn, un bioquímico que también falleció ya. Para mi sorpresa, me respondió el propio Oparin con una carta en la cual se disculpaba, pero me preguntaba si yo era del grupo de Alfonso L. Herrera, un científico mexicano con el que había intercambiado correspondencia hasta principios de los años cuarenta y que había trabajado en el estudio del origen de la vida, un problema sobre el cual desarrolló sus propias teorías. Junto con la primera carta recibí de Oparin un pequeño libro de divulgación y, de hecho, las respuestas a las preguntas que le había yo hecho a Gladilyn.
Yo no sabía nada de Herrera. Empujado por la curiosidad que me despertó la carta de Oparin rápidamente me puse a averiguar sobre la vida fascinante de un compatriota con quien los mexicanos tenemos una deuda extraordinaria por su empeño en hacer a la ciencia parte de la cultura de nuestro país. Por supuesto, muchos conocían su biografía (aún quedan algunos que lo conocieron antes de su muerte en 1942), pero a la mayoría se le olvida que no sólo tuvo un papel esencial en la enseñanza al introducir y difundir las ideas evolucionistas, sino que desempeñó un papel extraordinario en la creación, la transformación y el mantenimiento de instituciones como el Museo de Historia Natural del Chopo, el Jardín Zoológico de la Ciudad de Mexico, la Dirección de Estudios Biológicos (antecedente de varias de las dependencias universitarias en donde se hace investigación en nuestros días). Herrera, además, se dio tiempo para dedicarse a desarrollar, a menudo con recursos propios, su teoría del origen de la vida.
Le respondí a Oparin que desafortunadamente nada me ligaba a don Alfonso, pero que gracias a él me había asomado a una parte de la historia de la ciencia en México y a quien debe ser considerado como el antecesor de quienes nos dedicamos en el país a este tipo de temas. Por otro lado, me di cuenta de que en 1974 se cumplían cincuenta años de la publicación del primer libro de Oparin, por lo que se me ocurrió que la Facultad de Ciencias de la UNAM debía celebrar ese aniversario. Se lo propuse a un buen amigo y maestro ya fallecido, Alfredo Barrera, que me apoyó en todo, y a Juan Luis Cifuentes Lemus, que dirigía la Facultad en ese entonces, y al rector Guillermo Soberón, a quien también le pareció una buena idea. Con ese apoyo institucional se invitó a Oparin a Mexico, pero por razones de salud no pudo venir sino hasta 1975. No importó la espera, porque la respuesta de la comunidad fue de verdad extraordinaria, y yo tuve la suerte de trabar una espléndida amistad con el propio Oparin.
Oparin y su esposa volvieron a México en dos ocasiones más, invitados por la Facultad de Ciencias. Sus visitas siempre despertaron un acentuado interés en estudiantes y profesores. La tercera y última visita, en 1979, fue parte de los festejos del 50 Aniversario de la Autonomía Universitaria, en los que la unam le concedió el doctorado Honoris Causa. En una comida en casa de la familia Soberón recuerdo que Ana María Cetto, a la sazón directora de la Facultad de Ciencias, y yo presentamos a los Oparin con Jesús Silva Herzog, que había sido embajador de México en la URSS, y que a Oparin le gustó saber que era uno de los artífices de la expropiación petrolera en el régimen de Lázaro Cardenas. Recuerdo también que Octavio Paz le pidió a Oparin, ya en los postres, que hiciera un brindis a la rusa. Oparin se paró, brindó citando a Pushkin (algo que siempre hacía) y al final arrojó la copa al suelo para que se estrellara, como se estilaba desde épocas de Catalina la Grande. Los únicos que nos unimos a la rotura de copas fuimos Paz y yo

 

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* Antonio Lazcano Araujo es biólogo egresado de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, en donde también obtuvo el grado de Doctor en Ciencias. Es autor de El origen de la vida, La chispa de la vida y La bacteria prodigiosa (sanlulio@yahoo.com.mx).

 




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Ely Guerra: "Me gusta que haya un personaje como Marcos, al pendiente de nuestros indigenas..." Como dice el machista pero sabio consejo: Calladitas se ven más bonitas.