La Habana.— Los años sesenta, para bien o para mal, siguen siendo un tema llevado, traído e idealizado. Soy un nostálgico incurable que, sin vacilación, sigue votando por ellos. Pertenezco a la multitudinaria y a su pesar canosa legión de personas en el mundo que, ya cruzando el umbral de la mitad de sus vidas, han hecho un culto de la música pop anglosajona de esa década y la primera mitad de los setenta. Beatles incluidos, no faltara más..

A duras penas, pasando hambre literal para conseguirlo, de mi adolescencia a hoy he logrado reunir una colección de discos y cintas con el rock, los blues, el soul y el folk de esa época mágica. No obstante, para cualquier cubano de mi generación, pese a la nostalgia actual, aquellos años distaron de ser idílicos, aunque a la larga resultaron sólo un pálido anuncio de lo que nos esperaba.
Entre los recuerdos de mi primera infancia figuran la entrada de los barbudos en La Habana, mi padre estrenando su uniforme de miliciano, una avioneta tiroteando la ciudad, una tía haciendo promesas a San Lázaro para que Fidel Castro recuperara la voz, juicios y fusilamientos en tv, los cristales de las ventanas temblando con la explosión de La Coubre, mis hermanos marchando a alfabetizar.
La familia comenzó a desgajarse. No sabíamos que a muchos de los que partían jamás los volveríamos a ver. Ya comíamos carne rusa y comenzaban a faltar cosas.
Los Zafiros trataban eternamente de hacer comprender a Ofelia algo relacionado con el corazón. El Pello bailaba Mozambique con una rubia de moño alto esperando el año nuevo de cualquier cosa heroica o decisiva. Roberto Faz ya había incitado a María a pintarse los labios varias décadas antes que Eliades Ochoa.
La avalancha de grupos británicos y estadounidenses por la radio del sur de la Florida competían con el programa Nocturno en el favor juvenil. Pese a los regaños y las amenazas de padres y maestros empezábamos a dejarnos crecer el pelo, a estrechar los pantalones y a acortar las faldas.
Por aquellos años inauguraron la heladería Coppelia, el Pabellón Cuba y las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (umap). El crisol revolucionario se proponía crear el hombre nuevo. Una de las fases del proceso incluía acordonar el Carmelo, La Rampa y el Capri para cazar melenudos, minifalderas y homosexuales que serían reformados en los valores de la nueva sociedad en campamentos de trabajo agrícola en Camagüey.
Por esa época descubrí que mi maestro Jorge Félix, el Makarenko que no hablaba de Martí, también adoraba en secreto a los Beatles.
El verano del 67 hizo mucho calor. Las parejas se besaban en las arenas de Santa María del Mar mientras pasaban por radio, una y otra vez, a Cristina “Con su blanca palidez”. Aquí preferían poner diluidas versiones españolas de las canciones creadas en el idioma del enemigo para evitar la penetración ideológica.
No sabíamos que era el verano del amor y que en San Francisco los hippies llevaban flores en el pelo. Como un virus en el aire, le dimos el poder a la imaginación. Era nuestro turno de soñar y llenarnos de magia, aunque los inquisidores no nos pudieran perdonar semejante osadía.
Empezaron a cobrárnosla muy caro excluyéndonos y machacando nuestra existencia desde que éramos unos adolescentes lo suficientemente ingenuos como para aún albergar ilusiones respecto de la revolución.
Cuatro décadas después, con canas, desilusiones y desastres personales a cuestas, me desorienta y me resulta ajeno este mundo de ordenadores, internet, economías globalizadas, contaminación, sida y terroristas islámicos como escapados de los cómics.
La mayoría de mis amigos andan dispersos por el mundo, cansados de esperar a que cambie la fortuna.
Hay dos monedas en el país, la gente vive como puede, pero el discurso oficial ha cambiado poco, sólo lo suficiente para sobrevivir. Dicen que uno empieza a morir cuando deja de creer en las cosas que creía en su juventud. El ser humano es lo que es a resultas de lo que ha vivido.
Un cantor que, según un encarcelado poeta amigo mío, un día fue prohibido y hoy es obligatorio, dice que se muere como se vivió. Por no ser menos, haré lo mismo.
Moriré como viví. Hasta entonces seguiré proclamando que Clapton es Dios, que la reina es Aretha Franklyn y seguiré prefiriendo a Bob Dylan y Van Morrison. Y claro, a los Beatles y los Stones. ®

 

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* A Luis Cino, como a tantos cubanos de su generación, le pasó la maquinaria por arriba mandándolo a pelar y persiguiéndolo por escuchar rock. Sigue viviendo en Cuba y ha estado preso por ser un periodista independiente y disidente.
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Ely Guerra: "Me gusta que haya un personaje como Marcos, al pendiente de nuestros indigenas..." Como dice el machista pero sabio consejo: Calladitas se ven más bonitas.