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PORCA MISERIA
Los críticos y las letras


[El texto que comienza al cerrar el corchete lo mandé a la redacción en línea de Letras Libres. Pretendía ser un añadido a la nota de Antonio Ortuño “Implacables pero ineptos” y a la discusión que ésta provocó. Sin embargo, a nuestros amigos liberales no les interesó. Adujeron que “el tema de los posts sobre la crítica se agotó con la discusión en la nota de Ortuño”. Según yo, esta entrada va de otra cosa, pero bueno. Aquí se las dejo.]

Hace algunos días leí una entrevista a Daniel Sada aparecida en Reforma y firmada por Jorge Ricardo. La primera declaración del escritor, o bien, la declaración que el reportero eligió para abrir su moderadamente tendencioso reportaje era, de entrada, provocadora, aun insólita: “Yo quisiera ser como Dan Brown”. Ya luego, claro, la explicación, la resolución del misterio: el deseo de Sada no era el de escribir su propio Código Da Vinci, sino el de gozar de los beneficios de ser un escritor de best sellers, todo esto sin dejar de escribir como ahora escribe (es decir, con la voluntad y el ánimo de un clásico redivivo). Nada más genuino y nada más cierto: cualquiera que escribe quisiera, sin más, vivir de su oficio sin mayores distracciones ni malabarismos laborales —una utopía, pues—, más allá de los designios de la veleidosa posteridad.

Pero no.

Las quejas de los escritores son proverbiales y, no me queda la menor duda, datan del comienzo de la literatura y el nacimiento de Job y de Odiseo, entre el cruel silencio de Dios y el seductor canto de las sirenas. Hoy, claro, las letras se han mediatizado ad nauseam y el mercado, siempre pedestre y secular, ha tratado de confundirlo todo, ya se sabe, en aras de vender más por menos. En la entrevista mentada Sada se quejaba, también, de ese mercado, de la literatura que no trasciende y se vende sin mayores atributos, etcétera. Sin embargo, la elocuente rabieta de nuestro escritor es más válida que cualquier discusión sobre si tal o cual generación de escritores de tal o cual país subdesarrollado tiene peso o es pura carne de mercachifle.

Hace varias entradas, en ese blog [el de la redacción de Letras Libres] discutían Antonio Ortuño y Rafael Lemus sobre el estado de la crítica en México, asunto que derivó, como ya había sucedido antes y, entonces, con la excusa de la aparición de la antología Grandes Hits de Tryno Maldonado (publicada este año por Almadía), en la hasta ahora inocua diatriba sobre la poca calidad literaria, libresca o lo que sea de las obras publicadas por narradores mexicanos nacidos en la década de los setenta. Los comentaristas —críticos, escritores, polemistas natos, moralistas, árbitros de buena fe o meros espectadores aburridos y con ánimo de trifulca— no tardamos en llegar al blog a verter nuestras propias quejas, a lanzar pedradas o a dar puñaladas traperas, atraídos por el hedor de la novedad resobada (y no, claro, por el derrotero de la aún nonata teoría crítica mexicana del nuevo milenio), así como por la mera necesidad de desfogue decembrino.

Al final de varios días, por supuesto, la discusión Ortuño versus Lemus versus anexas no llegó a parte alguna y, pronto, más notas y comentarios novedosos fueron apareciendo en el blog, fechando el súbito pasado del inacabado diálogo entre la crítica y la narrativa actuales de nuestro país, dejando una estela de nombres nunca grabados en piedra. ¿No será que todo es prematuro, aún? Seguramente. Pero la discusión me animó a escribir esta nota, detonada por las sabias, dolorosas palabras de Daniel Sada, inconforme con su estatus de gran autor marginal de culto, esa contradicción fruto de la imponderable, confusa dialéctica entre el mercado y la crítica. Gustos aparte, la literatura más reciente que se nos ofrece emperifollada y lista para usarse —la novela de folletín hasta el Boom y sus secuelas, por decir algo— es más fruto de las triquiñuelas del mercado y el canto de sus sirenas lelas que de la canonización de la crítica y las lecciones de los que nos leen. ¿Se le acusa al escritor de querer convertir su opus magnum en un producto vendible por millares y, acaso, millones? ¿Es condenable el deseo de acceder no a un nicho letrado, culto y pordiosero sino a una gran masa lectora y anónima, mediatizada y con poder adquisitivo? Grandes preguntas, grandes misterios.

–David Miklos
E-mail: david.miklos@gmail.com


FUENTES-YÉPEZ: JUEGO DE CARTAS

Amigos de Replicante:

Muy muy muy interesante el texto de Heriberto Yépez sobre Carlos Fuentes: “Carta a un viejo novelista. En los ochenta años de Fuentes” (Replicante 17). Excelente complemento vitamínico en el folletón de la revista. Revista y autores que desde luego son parte del cuadro condenado llamado México. No hay escape. Los dioses y los demonios son parte del mundo que fabricamos todos.

Bien pensado y elaborado, el texto de Yépez es un poco largo quizá, sobre todo en su segunda parte un tanto reiterativa. Pero me entusiasma el tono y la sustancia de la primera, los múltiples aciertos del autor en un tema central (la obra y la personalidad de Fuentes, el arte y la función de la novela), con frases, palabras y conceptos bien puestos. Ideas claras y precisas, crípticas y conceptuales. Breves párrafos corrosivos. Sin rollos. Pura dinamita.

Tres grandes lecturas críticas de Carlos Fuentes: la de José Joaquín Blanco en los ochenta, la de Enrique Krauze en los noventa y ésta de Yépez en los dos mil. ¿Quién integrará esas tres miradas y nos dará una quinta? Cada nueva lectura es virgen y sin embargo sucede en un bosque de miradas.

Vuelvo a los aciertos de Yépez en su carta de joven maduro al viejo escritor consagrado: el tono, ni grosero ni reverente, ni estreñido ni locuaz, sino sencillamente libre, desenfadado, lúcido y crítico. Como fueron a su modo y en su momento Blanco y Krauze. Tres antípodas. Tres lecturas encarnizadas.

Luego de reconocer a su juicio las cualidades de la obra de Fuentes (la lucha moderna entre Forma y Fondo, el derroche de estilos, técnicas y ambientes, la polifonía totalizadora y la mini-estilística o la unitaria tradicional, la novela mural y la novela hormiga, Aura y Terra nostra, su enseñanza escritural, etc.), pasa a demoler lo que Yépez llama la “novela eugráfica”. La novela bonita, fina, perfecta, hiperliteraria. Yo pienso en la eutanasia y la muerte de la escritura. La escritura muerta. Palabras sin vida. Pura literatura.

Un párrafo de los Diarios de Kafka que cargo desde hace más de veinte años, a propósito entonces de García Márquez: “¿Es cierto que, cuando uno ha logrado de una vez por todas saber escribir, ya nada puede fallar, nada se hunde, aunque sólo raras veces surge con fuerza algo que tiene una altura superior?” (Diarios II, 29 de mayo de 1914; Bruguera, 1983).

Dice lo que dice, Yépez, dentro de un universo sintetizador. Con su mirada bien afilada y concreta apuntando y estallando en el blanco de sus preocupaciones. Reflexión singular y general. Con aguda penetración literaria y sociopolítica. Lucidez y arrojo para expresar lo que ve: “Diré lo que pienso. No más. No menos”.

Refrescante y saludable crítica, atinada y explosiva, y sin duda exagerada y discutible. Literaria y políticamente hablando, binomio indisoluble. Una crítica energética. Buenos disparos a quemarropa.

Yépez y su concepción narrativa:

—Narrar (es) ir más allá. La novela es nuestra vida más intensa. No nuestro ingenio más depurado.

—La función honda de la novela es narrar desde lo no-literario: lo no incorporado al decir literario reinante. [...] De donde la narración toma sus emociones heterogéneas, el más-allá de lo literario que caracteriza a los libros que nos queman las manos y nos dan esa extática sensación de que se ha producido un nuevo acercamiento a la vida.

—La novela es la percepción de una realidad extra-lingüística. No el correcto (Bello) encierro de la experiencia individual en la Forma Reconocible. Narrar (o poetizar) es deshacer la literatura anterior al mostrar un nuevo aspecto de la experiencia exaltada, captando algo más del proceso que va de nuestra aparición a la muerte.

—Esto es la novela: un experimento de bio-grafía radical. Mitad fisiología, mitad texto. Y no mero ejercicio de gimnasia rítmica o maratón olímpico.

—La novela verdadera es la autoconstrucción de un sujeto-no-sujeto. [...] La creación de la intensidad desconocida.

—La novela no es parte de la literatura. [...] La novela es quincunce. Un proceso que describe la transformación drástica de un personaje. El viaje hacia otra existencia.

Novelar o escribir, no velar sino des-velar:

—El paso del yo superficial / al yo dentro del misterio: / el yo que cae al embudo / y se hace otro / para expandirse de nuevo / hacia el cono-ci-mi-en-to. (Perdón por romper la forma original que es capital: un poema al voladero.)

Allí está toda la visión literaria del crítico entre fronteras detonando en el centro de su ensayo. Me toca y comparto esa vivencia literaria. Escribir es arriesgarse entero y transformarse, no una simple actividad literaria, estética. Escribirse inmerso en la vida, no en compartimIentos literarios. La revuelta de los géneros y la revuelta de la vida. ¿Cómo expresar esa mirada radical en obras concretas? Levantando otra palabra: novelas y ensayos, crítica y creación. Este es el punto. No hay crítica más explosiva que la creación crítica.

Yépez:

—Lo que necesitamos es un nuevo tipo de escritor. Un nuevo narrador. La novela nace del momento psíquico en que toda tu vida ha sido destruida. Por ti mismo. Y después de una larga fase de dolor, en donde intentas reconstruir tu existencia perdida, decides, mejor, inventar de cero otra vida. Y entre error, suerte, accidente y acierto, lo consigues. A eso llamo la novela. Entrar y salir del abismo. Y cierto amor y desamor por la cima. Sabiduría y generosidad. El viaje a los infiernos y aun al paraíso es un viaje personal que podemos hacer cada uno pero no exigir a los otros. Cada uno hace lo suyo a su modo. Y no es condición ni garantía de nada. Pienso. El arte es misterioso y da sorpresas. Los caminos de la creación como los de la vida son infinitos y contradictorios.

Ahora bien, sus verdades políticas Yépez las simplifica al pensarlas absolutas. ¿Grotescas caricaturas? Sus enormes certezas devalúan sus puntuales afirmaciones. Importantes como son, las creo relativas. Veamos.

Las verdades políticas de Yépez:

—¿Fuentes y Paz son finalmente dos autocolonizados?

—¿Reflejan la estructura mental del PRI?

—¿Derivan del lenguaje de la demagogia post-revolucionaria y del romanticismo machista del Pueblo y la Historia?

—¿Dos momentos del Presidencialismo literario de nuestras letras?

—¿Dos caciques litera-tenientes de nuestra República de las Letras y del Partido de la Literatura Revolucionaria Integrada?

—¿Demasiado estetas, demasiado literatos, demasiado oficiales?

—¿Paz y Fuentes son, en fin, parte de nuestra literatura del miedo, del PRI espiritual: nuestra literatura más elegante?

Dicho así de simple son puras tonterías. Yépez simplifica sus grandes verdades al salpicarlas de pequeños absolutos. Lo que dice es o puede ser cierto y al mismo tiempo sólo es una parte de la verdad más ancha y caudalosa. ¿Qué tanto de verdad es su verdad si no es la verdad absoluta? En la realidad literaria, como en la realidad social, puede ser cierto lo que dice uno y al tiempo caber todo lo que otro dice y a la vez otros cien más distintos. ¿Puede comprenderse esto? No pienso en el relativismo. Pienso, veo y compruebo día tras día que la realidad se mueve y cambian las fronteras y el centro de las cosas se desplaza. Eso es todo. La realidad se mueve. Cambia el centro. Las fronteras son indecisas.

¿Fuentes escribió la novela que Paz nunca logró y Paz los ensayos (El laberinto, El ogro, Sor Juana) que Fuentes nunca pudo hacer? Tal vez por eso la gran admiración entre ambos de los años cincuenta a los ochenta. ¿Y por qué la ruptura de los noventa? ¿Qué hay en el núcleo del conflicto Fuentes-Krauze-Paz? ¿Por qué no toca este punto vital Yépez? ¿Rompe su esquema simplificador?

Me interesa mucho Heriberto Yépez como crítico y creador y yo espero sinceramente que no se envenene con su propia crítica y la transforme en cambio en creación: ensayos y novelas. Humildad, duda y creación: acción cristalizada en obras. No puedo decir más porque dejé de leer a Carlos Fuentes hace más de diez años y no he leído los libros de Yépez. Pero sí sé que lo más fácil es quebrar una obra en pedacitos. Lo realmente difícil y necesario es levantar otra. Palabra de palabrero marginal. Allí está la enseñanza de Roberto Bolaño. Preceptos en acción.

Autores e hipercríticos:
Monsiváis-Rogelio Villarreal.
Fuentes-Heriberto Yépez.
Paz-Y sus mil críticos.
Krauze-Y sus otros mil.
Proceso-Y sus detractores políticos.

¿Quiénes salvarán la prueba del tiempo y del olvido?

¿Y si respondiera Fuentes a Yépez?

Quiero recordar como siempre recuerdo en estos casos el poemita de José Emilio Pacheco sobre Picasso y sus críticos, en “Sentido contrario”, Desde entonces (Era, 1980):

“El río de tinta seguirá corriendo,
hilito de agua al pie de la montaña.”

¿Fuentes o Paz?

Yépez en su segunda parte:

—Qué tragicomedia esta vida nuestra: vivimos la dictadura de un partido que ni siquiera está en el poder. Así de jodidos estamos.

¿Y si no es ningún partido el que está en el poder sino la bobocracia del poder, el extraño poder del poder, que entre todos creamos, a todos escapa y a todos nos devora?

Yépez y la historia del miedo y la simulación:

—La escritura del miedo es lo que domina a las literaturas mexicanas, europeas y norteamericanas actuales. [...] La escritura del miedo es fácilmente identificable. [...] El miedo se opone a la evolución de la conciencia. [...] Esto es lo que el PRI representa: la conciencia que no se atreve a decir su historia. [...] No tener capacidad de narrar significa no tener capacidad de leer qué sucede en nuestra realidad. [...] La experiencia narrativa mexicana no puede ser comprendida en abstracción de la experiencia histórica y los regímenes gubernamentales que la oprimieron [Conquista, Colonia, Independencia, Reforma, Porfiriato, Revolución, Revolución Institucional, Alternancia...]. Narrar se convirtió en una pirotecnia para decir y no-decir, para contar y no-contar, para aludir y, a la vez, eludir. [...] Ocuparse de otras cosas, evadir esa realidad inenarrable, “experimentar” con lo “literario” para no tener que ocuparse de lo que no podrían ocuparse: la propia realidad mexicana. Otra verdad vital deslizándose, creo, hacia el absoluto.

Sólo hay un modo de luchar contra la censura y vencerla: luchar contra la censura, el desaliento y la impotencia dentro de nosotros mismos y decirlo todo aunque sea inútil. Conservar y transformar el coraje moral en expresión útil y lúcida. Ni más ni menos es lo que ha hecho Heriberto Yépez. Trascender la cultura del miedo (errores y diferencias aparte). Conozco esa cultura aquí en Querétaro.

Heriberto Yépez y su mirada negra en la ventana o puerta del Folletón de Replicante (p. 101):

—¿Tiene México compostura?

—Nos hemos convertido en una amenaza grave para la existencia de la humanidad en este territorio.

—México no es parte ya de la evolución. Esta cultura fracasó.

—Como narcopaís, donde impera la fraudulencia, la corrupción, la pobreza económica y espiritual, la mentira mediática, la puerca “Neta” popular, la absurda fe religiosa, la impunidad e irresponsabilidad total, la única solución es erradicar la cultura mexicana.

—Es momento de que esta cultura diga adiós y no vuelva jamás.

Che Guevara literario nihilista: Heriberto Yépez: no hay México nuevo y nada sirve del México viejo. Que se lo lleve todo la chingada. No hay nada qué hacer. Amén. Por fortuna la inverosímil realidad se niega a desaparecer y seguirá existiendo, creo, viva, hermosa, terrible, bendita y contradictoria. Así sea. Somos parte del cuadro que no hacemos o deshacemos.

—Julio Figueroa
E-mail: juliofime@hotmail.com

EJÉRCITO COSTARRICENSE

Hola. En el artículo de Andrés Bacigalupo “Breve historia de tres países breves” en Replicante 17 hay un error fundamental en la parte de Airrecú. Costa Rica no tiene ejército, así que éste no pudo haber retomado la zona. Probablemente fue el ejército de Nicaragua, ya que el área está bajo control nicaragüense de todos modos. Saludos.

—Daniel Herrera Castro
E-mail: daniel_herrera_castro@hotmail.com

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