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Denme un balcón en cada pueblo y yo seré presidente. La frase le ha sido atribuida a Antonio López de Santa Anna pero en realidad le pertenece a José María Velasco Ibarra, ecuato­riano que llegó a la presidencia siete veces; cinco de ellas por la vía electo-ral. Fabuloso orador, su convocatoria y arrastre los construyó con base en la palabra: “¿Queréis revolución? Hacerla primero dentro de vuestras amas, el saber luchar todos los días, sin amila­narse. Esa es la revolución: amor al progreso y a la justicia, venciendo to­dos los obstáculos”.

Qué lejos está eso de nuestras sopitas de letras, del burdo “Cállate, chachalaca” y de los somníferos ex­ordios de nuestros congresistas: hoy la retórica es un arte olvidado y los balcones apenas sirven para tomar el sol. No sólo por la natural evolución del lenguaje que dicta la muerte de modismos desusados y el nacimiento de andamiajes ortográficos y grama-ticales nuevos, muchas veces obede-ciendo un pragmatismo donde los vericuetos de la elegancia estilística quedan para la historia, sino de la comprensión del lenguaje como un instrumento tan ético como estético: la belleza y el poder de la seducción de la palabra han quedado reducidos a su mínima expresión, anegados en­tre la baba de los hocicos de hombres públicos carentes de ideas y pletóricos de los más insustanciales lugares co­munes. Pedirles música y sustancia en el fraseo sería tanto un despropósito como pedirle a maestros y a periodis­tas que escriban ya ni siquiera con es­tilo, sino apenas con corrección. Ojalá esto último fuera una mera ironía.

¡Lengua o muerte! ¿Venceremos?

—RobertaGarza

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