
Las lenguas y su control han sido siempre, en alguna medida, instrumento y atributo del poder. Así, no es extraño que las políticas lingüísticas hayan estado fuertemente ligadas al nacimiento del Estado moderno. En este ámbito, como en otros, las singularidades históricas de España contienen claves importantes para comprender su presente.
1. Una oportunidad, más que un problema
Por Pablo Santiago
Años sesenta del siglo XX. En Santiago de Compostela, Galicia, dos niñas de apenas diez años son castigadas de rodillas y de cara a la pared en la escuela. En las manos, en cruz, sostienen pesados diccionarios de castellano. En la versión rural de esta tortura en Galicia se añadían “toxos” (ulex europeaus, un arbusto espinoso) debajo de las rodillas. ¿Su falta? Habérseles escapado palabras en gallego, su idioma materno. En el estado, una dictadura, gobernaba un gallego de cerca de allí, de Ferrol. Se llamaba Francisco Franco y en las monedas que acuñaba la leyenda decía “caudillo de España por la gracia de Dios”. El único idioma permitido era el castellano: en sus desvaríos de grandeza, el dictador creía que hablar sólo la lengua del antiguo Imperio Español le otorgaría mayor respeto internacional.
Año 2009, misma ciudad. Varios individuos disfrazados de vacas son detenidos por la policía por reventar una manifestación a favor del bilingüismo. Los organizadores de esta manifestación, una asociación cercana a la ultraderecha, reclaman que se pueda escolarizar a los niños exclusivamente en castellano porque creen que el gallego “es sólo para hablarles a las vacas”. En el estado, una democracia formal, gobierna un leonés, aunque en su partido el número dos es de Galicia y en su gobierno, el ministro de Cultura es otro gallego, escritor bilingüe. Gallego y castellano son idiomas cooficiales en Galicia.
Estos mismos episodios, con sus peculiaridades zonales, se suceden en otros territorios del Estado español, en especial en Euskadi, donde cohabitan euskera y castellano, y en Cataluña, donde son cooficiales el catalán y el castellano. Lo que los periféricos llaman el “nacionalismo español” se queja de que en esos territorios pierde empuje el castellano, mientras que los partidarios de estas lenguas en exclusiva —por ser de naciones sin Estado— opinan que las lenguas amenazadas son el catalán, el euskera y el gallego. Pero en España hay más idiomas: uno oficial más, el aranés (variedad del occitano) y dos no oficiales, el aragonés y el astur-leonés. A esta Babel hay que añadirles las variedades lingüísticas de transición, tres o cuatro, según quien las catalogue.
La situación lingüística española puede parecer un galimatías, pero hay algo claro: todos los que viven en este Estado tienen al menos una lengua común, el castellano. A mayores, según el territorio concernido haya conservado una cultura propia, tenga mayor o menor peso político, apoyen sus gobernantes el desarrollo de ese idioma o no, se hablará más o menos el idioma cooficial. El gallego se habla más que el castellano al día de hoy en Galicia, a pesar de la persecución del dictador, que generó autoodio en muchas generaciones. Más de 90% habla gallego y casi 60% lo escribe. En Cataluña, el castellano predomina: es la lengua materna de 54%, mientras el catalán lo es de 40%. La alta tasa de inmigración influye mucho en estos datos: Cataluña —“que no es España”, acaba de decir Thierry Henry, un jugador francés del Barça— es una de las comunidades autónomas más prósperas de este Estado. En parte busca un modelo como el francés para la lengua: que los inmigrantes aprendan catalán y castellano para integrarse. En el País Vasco la lengua materna es el castellano en 77% y tan sólo 19% el euskera. En Galicia, los porcentajes son evidentes: 31% con lengua materna castellano y 51% el gallego.
Más que crear conflictos, usados en cada contienda electoral en los territorios autónomos como arma arrojadiza, la diversidad lingüística debería ser una oportunidad. Para los idiomas con un rico legado cultural e histórico, como es el caso del catalán, el gallego y en menor medida el euskera, la lengua es un factor de diferenciación, de originalidad, de creatividad. La lengua, además de herramienta básica de comunicación, es un contenido cultural y, como tal, susceptible de negocio. Que en las últimas ferias más destacadas del libro del mundo hayan sido invitadas Cataluña o Galicia como culturas diferenciadas no es casualidad: en 2007 estuvo Cataluña en el Salón del Libro de Frankfurt y en 2008 Galicia en la Feria del Libro de La Habana. Grandes autores (o más vendidos, pues a veces la calidad no se relaciona con la cantidad) traducidos al castellano escriben en lenguas como el gallego (Manuel Rivas), euskera (Bernardo Atxaga) o catalán (Quim Monzó). Una asociación, Galeusca, reúne a escritores de estos tres territorios cada cierto tiempo para intercambiar experiencias y elaborar proyectos.
A quienes les parezca endeble este argumento a favor de potenciar Babel en España, les doy otro, cada día más estudiado y demostrado científicamente: ser bilingüe, o hablar dos o más lenguas, favorece el cerebro. Ahora se dedican más recursos a la neuroeducación y los resultados son muy esperanzadores para los que hablamos más de una lengua: los bilingües respondemos antes en tareas cognitivas que los que hablan sólo un idioma y somos menos proclives a sufrir disminuciones de la función cerebral asociadas con la edad. Además, abordamos con más solvencia problemas complejos. El principal estudio fue realizado en Canadá, con canadienses que sólo hablaban inglés y con otros de origen indio que también hablaban tamil. Precisamente India es un ejemplo de convivencia de lenguas oficiales: tiene tantas como la Unión Europea, 23, en su territorio. Causan bastantes más conflictos las diferencias religiosas que las idiomáticas en aquel país. Y si tomamos en cuenta la competencia de India en materias como informática o matemáticas, lo del bilingüismo y sus elementos potenciadores de la mente no es una teoría descabellada.
Por otro lado, es un poco chocante que muchos que se manifiestan en contra de determinados idiomas se afanen en enseñarles a sus hijos en caros colegios privados otros, que creen más útiles, como el alemán, el inglés o, ahora —es la economía, estúpidos— el chino mandarín. Pero si naces en un territorio, si te crías y desarrollas en él, es ilógico que no conozcas y domines las lenguas que ahí conviven. No hará falta recordar a estas alturas que nuestras habilidades como humanos se adquieren en los primeros años de vida: si procuras que la infancia repela su propio idioma —las niñas del principio— estarás truncándola emocionalmente y creándole conflictos personales innecesarios y baldíos.
Abogo por la convivencia, que incluso entre dos es complicada. Lo que no me gustaría es que en un futuro habitantes de este país tuvieran que ir a un lugar como el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, subir al segundo piso y escuchar audiciones como de ultratumba de los idiomas que se fueron apagando. Lenguas que no consiguieron sus “mil primaveras más”, que dijo Álvaro Cunqueiro, otro gran escritor en castellano y gallego. ®
2. Compañera del imperio
Por Irene Sánchez González
Las promiscuas relaciones entre lengua y poder son de sobra conocidas. No en vano, un elemento clave en la construcción de los modernos Estados-nación europeos fue la homogeneización lingüística, llamada a convertirse en instrumento de cohesión. La patria de la Revolución es un caso paradigmático. A nadie extraña hoy que la única lengua oficial de Francia sea el francés, utilizado por todos sus habitantes en el ámbito educativo y en sus relaciones con la Administración, aunque haya regiones en las que se emplea el occitano, el provenzal o el bretón en las abundantes actividades de la vida de los individuos que tienen lugar al margen de las instituciones.
La Francia democrática y liberal no mostró reparo alguno en ejecutar esta política, cuyos resultados sólo cabe medir según parámetros prácticos y comunicativos —¿qué otra cosa pedir a una lengua? Aparte expansiones ultramarinas, el francés constituye hoy el indisputado patrimonio común de más de sesenta millones de habitantes y se halla plenamente consolidado como vehículo de comunicación. Tradicional tierra de acogida, Francia ha hecho de su lengua una herramienta de integración de inmigrantes, lo que por otra parte parece la única actitud sensata. Provoca escalofríos imaginar las secuelas de hipotéticas políticas de excepción cultural para minorías deseosas de preservar identidades: terreno abonado para la profundización del cisma entre autóctonos y recién llegados, la proliferación de guetos y el arraigo de concepciones tribales.
Para bien o para mal, el esquema anterior no es aplicable a España, donde tienen reconocimiento oficial varios idiomas regionales junto con el común. No es sorprendente esta peculiaridad, habida cuenta de las vicisitudes de la difícil y acaso incompleta construcción del Estado liberal español. La lucha sin tregua entre concepciones políticas contrapuestas, la inestabilidad gubernativa, la práctica inexistencia de una burguesía fuerte, la constante intervención del ejército en política y la notoria incapacidad del Estado a la hora de reemplazar a la Iglesia en sus esferas de influencia tradicionales dieron lugar a un convulso siglo XIX, al término del cual el Estado liberal era aún una quimera o, en el mejor de los casos, un infante que echaba a andar. Cogida tan sólo de refilón por los vientos históricos que soplaban en Europa y azotada por el golpe moral del 98, España entró en el siglo XX a trompicones y recorrida por múltiples fracturas. La historia que sigue es conocida y no sería precisamente la del afianzamiento del modelo liberal.
Según una interpretación excesivamente generalizadora pero gráfica, cabe aventurar que el Estado liberal no se consolidaría plenamente hasta el final del franquismo y el subsiguiente proceso de transición. Liquidada desde arriba la dictadura mediante una reforma pactada, alejados de nuevo los militares de la política y depurados los vicios del parlamentarismo canovista,1 los problemas y disfuncionalidades que afectan actualmente a España pueden ser graves, pero es otro su origen, es distinta su naturaleza y han dejado de resultar anacrónicos en relación con el referente europeo. Y, sin embargo, se asiste hoy a un conflicto entre la lengua común y las regionales que bien podría resultar incomprensible a un observador externo.
En esto como en todo, España es resultado de su historia y la sombra del franquismo es alargada. La reivindicación de las lenguas regionales debe mucho a una comprensible reacción a la política de primacía del español puesta en marcha por el régimen desde una visión esencialista —Una, Grande y Libre. En el caso catalán, la represión de la posguerra vino acompañada de los obstáculos impuestos a aquella lengua, que iban más allá de la simple falta de reconocimiento oficial por más que resulte patentemente falsa la propagada idea de que el catalán “estaba prohibido”. Con todo, es paradójico que una dictadura autoritaria y reaccionaria desplegase una política lingüística en cierto modo semejante a la de los Estados de tradición liberal. En cualquier caso, el resultado último fue el reconocimiento oficial de los idiomas regionales como parte de los necesarios consensos de la transición.
Nada de ello es motivo para alarmarse. Antes al contrario: sea o no lo habitual en otros países europeos, el reconocimiento de más de un idioma oficial en las regiones bilingües ofrece a sus ciudadanos una encomiable posibilidad de elección. Por no hablar de que, hacia 1975, habría resultado anacrónica, amén de probablemente inviable y difícilmente deseable, una construcción nacional al estilo decimonónico. Distinto es que quienes todavía hoy esgrimen como argumento la marginación franquista del catalán no se dignen garantizar a los ciudadanos la posibilidad de escolarizar a sus hijos en español. Las tornas han cambiado, pero desde la óptica nacionalista no hay nada nuevo bajo el sol. Franco lo sabía, y ya lo había advertido siglos antes Nebrija: siempre la lengua fue compañera del Imperio.