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PROYECTO CÍVICO. DIÁLOGOS E INTERROGANTES
Zona franca. “El Proyecto de las Morras”


Por Interdisciplinario La Línea*


Tráfico siempre a las tres.

Los letreros que hace el señor para pedir limosna a un lado del freeway

o a un lado de las curvas que agarro cada mañana a las 5 y los pinos,

cómo olvidar los bellos pinos, casi no hay nada más que pinos.

Alcanzo a ver los edificios de downtown y también se ve “la aguja del espacio”.

Está nevando.


El suelo resbaloso, todo mundo maneja despacio.

Los lugares de café siempre llenos.

Hace frío, mucho frío.

Quiero llegar a casa y prender la chimenea o el calentón.

Así es Seattle.

Texto de E., una morra.

El Mezón no es un hospital, pero tiene un extenso botiquín con medicamentos de distintas dosis y un riguroso horario de administración. No es una cárcel, no hay juicios ni sentencias, pero una vez determinado el tiempo que se permanecerá dentro, el único recurso de salida prematura es la fuga. No es una casa, pero tiene dormitorios, cocina, sala de tele, baños y regaderas. No es una escuela, pero tiene gimnasio, sala de computadoras, oficina de la dirección, horarios de reunión diaria.

La frontera es el espacio ideal para hablar de la excepción, sus habitantes somos ciudadanos mexicanos, sin embargo nuestros derechos y obligaciones son distintos a las del resto de los habitantes del país, tenemos los beneficios fiscales y las limitaciones humanas de la zona franca, en medio de una conciencia constante, perenne, absoluta,  del límite, la ciudad límite, el espacio de la transición no sólo cultural y territorial sino poética.

Llegamos al Mezón buscando el estado de excepción dentro del Estado de excepción, teníamos la inquietud de trabajar con dos factores: la escritura y las mujeres. El centro de rehabilitación nos parecía el espacio ideal debido a lo inasequible de su condición y a su hibridez; si nuestros derechos y obligaciones como habitantes fronterizos son distintos a los del resto del país, los de una persona interna dentro de un centro de rehabilitación no sólo son distintos, sino que se anulan, los lleva a permanecer en la marginación y el silencio debido a su adicción. Así fue como llegamos con las morras, con un proyecto de activismo literario que hace una micropolítica de la escritura.

La morra como entidad femenina nos ha resultado indefinible. Una morra puede ser una mujer joven e inmadura: “No le hagas caso, está muy morra”, la novia: “Es mi morrita”, una mujer cualquiera: “Esta morra”. Dice Luis Humberto Crosthwaite: “No sé de dónde salió la palabra morra, existe desde que yo existo y seguramente desde antes. ¿Vendrá de la palabra amorr? Podría ser, tomando en cuenta que es una palabra que diriges a la novia o a los chiquillos: morra, morritos”. Esta palabra es la que más se usa en el centro, todas se refieren una a la otra, en singular y plural como morras, la palabra mujer tiene otro contexto, chica es muy chilango, chava, más, ruca es muy violento, jaina es de las novias.

Por lo general se le llama morra a alguien joven pero en El Mezón hay mujeres de catorce a 66 años, algunas han estado en 23 centros de rehabilitación, otras en treinta, pero la mayoría está encerrada por primera vez, algunas son madres o abuelas, oficinistas, cholas de pandilla, estudiantes, deportadas, pochas de Los Ángeles perdidas en Tijuana, Tambien están las “ingobernables”, casi siempre menores de edad sin adicciones, pero que llegan al centro porque sus padres no las pueden controlar debido a que no respetan ninguna regla. A pesar de sus diferencias, ninguna se llama una a la otra jefa, niña, señora, doña, muchacha; la horizontalidad y la igualdad parten desde la palabra que las identifica una con la otra, aunado a las normas que todas deben obedecer, hay uniformidad hasta en el azul marino de la ropa y en el peinado; un recogido que guarda todo el pelo en la nuca que llamó la atención de Roberto Castillo, uno de los escritores invitados a colaborar con el Proyecto. Durante su visita les dijo a las morras: “Yo las había mirado en fotos, reconozco algunas de sus caras, pero cuando las vi, más que sentir que iba a un centro de rehabilitación, sentía que iba a una escuela de danza contemporánea, por los peinados”.

El proyecto radica en establecer contacto por medio de un taller literario semanal entre las morras de afuera (nosotras) y las de adentro (ellas), así como traer escritores invitados que presentan su obra y la de otros autores, finalizando cada sesión con un ejercicio de escritura. Dentro de El Mezón hay una rutina estricta de encierro, trabajo, terapia anti-adicción, sin embargo, no hay ninguna actividad recreativa, lúdica o cultural. Al ver este espacio vacío nos pareció importante ofrecer una actividad alternativa. Nunca nos ha interesado dar un taller-terapia o convertir a las morras en objetos de estudio; nuestra intención siempre ha sido compartir, conocer, entender, aprender, así como criticar y observar al centro de rehabilitación desde dentro. Los objetivos que nos trazamos desde el inicio han sido la brújula que mantiene el curso de nuestro proyecto. Sesión tras sesión, el problema de la rehabilitación se ha revelado más complejo. Esto nos plantea la necesidad de reflexionar sobre las posibilidades de la literatura, sobre nuestros límites como colectivo y la importancia de dejar de ser observadores pasivos, de explorar las posibilidades de nuestras prácticas artísticas y descubrir que entre ellas está la construcción de nuevas relaciones sociales y de género.

Respiro, abro mis ojos,

después de un mes once días me cuesta creer todavía en dónde estoy.

Me duele aceptarlo y duele aún más el no saber cuánto va a durar.

Texto de A., una morra.

Hemos encontrado diversos obstáculos: por ejemplo, el problema de las morras que no saben leer ni escribir, el de las que se quedaron un tanto arriba, el de la movilidad; siempre hay de nuevo ingreso y otras que simplemente ya no están, el de las regulaciones internas (la entrada está negada a los hombres, existe un control riguroso de lápices y plumas, los que sólo pueden ser usados durante la sesión del taller). Primordialmente hemos tenido el problema de la figura de poder, el encargado del centro decide todo, desde lo que se come, lo que se dice, quién sale y quién entra, quién recibe visitas, quién está loca, quién necesita un poco de aislamiento; su voz es el despertador por la mañana, el único que cuenta con licencia para gritar. Aunque las internas del Mezón tienen condiciones de vida relativamente buenas, parte de su tratamiento incluye la sumisión, el silencio, el trabajo, el apegarse por completo a las reglas. Esta situación se da en distintos grados dentro de los incontables centros de Tijuana. Nosotras, como colectivo, recibimos un trato muy similar, acompañado de condicionamientos y restricciones que definen constantemente los límites de nuestra influencia y los alcances del control sobre quienes habitan, visitan o participan de algún modo en el centro. Pese a esto, hasta ahora todo ha sido negociable. Esta situación nos lleva a pensar en el centro como una prisión desde el punto de vista de Foucault: “La prisión debe ser un microcosmos de una sociedad perfecta donde los individuos se hallan aislados en su existencia moral, pero don­de su reunión se efectúa en un encuadramiento jerárquico estric­to, sin relación lateral, no pudiendo hacerse la comunicación más que en el sentido de la vertical” (Vigilar y castigar, 1976).

Este encuadramiento no lateral y la ausencia de comunicación no jerárquica es una de las cosas que “El proyecto de las morras” ha logrado romper, al ofrecer un espacio libre (las sesiones no son obligatorias, las morras no requieren identificarse como adictas para poder hablar y pueden expresarse tanto de manera oral como escrita, del modo que mejor les parezca). Esto les ha ofrecido un espacio distinto en el que pueden conocer los pensamientos, las sensaciones, las experiencias de las otras, la posibilidad de explorar mundos imaginarios por medio de la lectura, en conjunto con el poder de crear y compartir los propios.

Escucho el ruido de la calle. Veo a la compañera, ella me ve. No sé qué escribir, mi mente se queda en blanco. Oigo al perro ladrar y veo que todas escriben, entonces hago lo mismo. A veces no le encuentro sentido al momento, pero ahora es lo contrario, encuentro sentido, siento mi corazón latir junto al de las demás, escucho mi pensamiento y escribo y escribo y  me río conmigo y pienso... siento paz, y pienso...

Texto de E., una morra.



Interdisciplinario La Línea: Abril Castro, Esmeralda Cevallos, Miriam García, Kara Lynch, Lorena Mancilla, Margarita Valencia.
http://elproyectodelasmorras.blogspot.com
La Línea es un colectivo binacional de escritoras, artistas, y teóricas. Trabajamos juntas desde el 2002, cuando empezamos nuestra primera colaboración: la publicación La Línea. Cada proyecto que desarrollamos empieza a partir de la palabra y hace referencia constante a este lugar (Tijuana, la frontera, el muro: la línea). Presentamos nuestro trabajo en lecturas, exposiciones, publicaciones, trabajos en video y acciones/intervenciones in situ para crear relaciones complejas entre el texto, el lector y el espacio. Actualmente trabajamos alrededor del proyecto El Miedo es efectivo: http://www.feariseffective.blogspot.com/

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