Alonso Guardado en La Quiñonera
En la compleja situación que vivimos, un inicio de milenio tan sobrespectacularizado como sumido en sombrías perspectivas, con las manifestaciones culturales reducidas a una producción banal y homogénea, oportunista y desechable, la pintura, o por lo menos cierto tipo de práctica artística comprometida con algunos valores humanistas (búsqueda, perseverancia, experimentación...), representa una de las pocas posibilidades que quedan para ejercer una individualidad que vaya más allá de la elección del banco que hará negocio con nuestras deudas.
El objetivo final y suplicio del artista, en definitiva, es sostener y defender esa libertad y tener margen de acción para sumergirse en ejercicios introspectivos, radiografías del alma, de las que los demás, quizás, podamos extraer alguna analogía, algún trazo nervioso que nos ilumine acerca de nuestra propia condición.
Si a la pintura le pudiéramos preguntar por el hombre contemporáneo, el artista Alonso Guardado, con sus lienzos y esculturas, nos respondería que el hombre contemporáneo está principalmente nervioso.
Nervioso, de hecho, es el título del anterior proyecto de Guardado, que culminó en un libro-catálogo (cuyos textos se pueden consultar en alonsoguardado.com), y que consistió en una intervención simultánea en diferentes medios impresos (Replicante incluido) con la inserción de un verdadero anticomercial que en realidad no anuncia nada tangible, nada consumible, a no ser que la perplejidad se pudiera consumir. La campaña Nervioso se basó en la imagen manipulada de la portada de una prestigiosa revista de arte, falseada pero al mismo tiempo reconocible, que entre otras cosas contenía una alusión al estado de la crisis, la tecnología y el papel de la pintura en esta sociedad. Disquisiciones ochenteras todas ellas que Guardado retoma irónicamente diciéndonos que en realidad nada ha cambiado, que desde los efervescentes tiempos de El Nueve y La Quiñonera nada se ha resuelto, que litros de alcohol no han despejado ni una sola duda, que la marihuana en exceso abotarga y hace de la voluntad una máquina atrofiada. En realidad, antes y ahora, las preocupaciones son las mismas, el mundo también, si no es que peor, y Guardado con su nervioso desempeño nos dice de paso que el pintor lo único que puede hacer es, además de volverse loco en un mundo incomprensible, seguir produciendo imágenes acerca de la desesperanza y el desarraigo del apabullado hombre contemporáneo en esta era global.
Guardado es un artista que palpablemente vive con los nervios a flor de piel, en tensión constante, no en vano uno de los cuadros de la exposición Cartucho quemado lleva por título “Ansia moderna”, con trazos y atmósferas decadentes que recuerdan a Bacon, combinado con la expresividad y soltura del cómic y el grafiti, estéticas callejeras de las que se alimenta Guardado.
“Ansia moderna” no es el único título elocuente, literal: “Niño saca el revólver”, de trazo agresivo y colores sincopados, que producen ahogo y desesperación, o la serie pistolas: “Pistola I” y “II”, y “Pistola de oro”, todos ellos retratos con un personaje a medio cuerpo, que es y no es el mismo, en profunda angustia, en aguda perplejidad, con ojos exorbitados que miran no viendo nada. En perpetua crisis nerviosa.
Y es que, por otra parte, es prácticamente imposible no estar enervado (o bajo enervantes) cuando en México la violencia insensata florece a un ritmo más vertiginoso que la basura, que ya es decir, y donde el anticomercial de moda para el turismo internacional podría ser: México, un país de ensueño para perder la cabeza (y luego con ella como pelota, recuperar las viejas tradiciones prehispánicas y echarnos una cascarita ritual). Sí, lo sé, demasiado literal. Eso es precisamente lo que despierta la pintura de Alonso Guardado: un vértigo literal. Un horror palpable.
Con Cartucho quemado (del 25 de octubre a xxxxxx) La Quiñonera reanuda sus actividades cara al público. En este espacio, fundamental en la Ciudad de México de los ochenta, y cuyo artífice fue Rubén Bautista —fallecido en 1990—, se formaron artistas como Néstor y Héctor Quiñones, Rubén Ortiz, Claudia Fernández, Mónica Castillo, Diego Toledo, Francisco Fernández “Taka” (quien inauguró en agosto una retrospectiva en el Museo Carrillo Gil) y el propio Guardado, entre muchos otros, como el Grupo Semefo, quienes aquí hicieron su primera participación pública con Viento negro en 1991. Todos estos movimientos experimentales, bajo la tutela teórica de incipientes curadores como el hoy reconocido Guillermo Santamarina, quien define a La Quiñonera como punto de partida de la contemporaneidad en México.