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Si es inevitable conocer, investigar, ceder a la
curiosidad científica, abrir las puertas
que no han sido abiertas en el pasado, entonces
este inevitable impulso es parte de la naturaleza
humana, es otro sentido como el del tacto o el oído:
°ni siquiera la vocación religiosa es tan
inevitable! En En el castillo de Barba Azul
George Steiner supone imprescindible el deseo de
los hombres de lanzarse hacia adelante, de abrir
todas las puertas del conocimiento y continuar sus
investigaciones a pesar de que en muchas ocasiones
es más sensato detenerse o renunciar a saber
más. En La escuela de la ignorancia Jean-Claude
Michéa escribe:
En
la cultura de izquierdas (o progresista o modernista),
toda puerta cerrada supone, por definición,
una provocación intolerable y un crimen contra
el espíritu humano. Así pues, desde
este punto de vista, abrir todas las puertas y dejarlas
abiertas es un imperativo categórico, incluso
aquellas que conducen a un error certero.
François Jacob, biólogo célebre a
raíz de sus investigaciones genéticas,
luego de ser cuestionado durante una entrevista
acerca de los estragos que suelen provocar algunos
descubrimientos científicos, respondió
que no es el conocimiento sino la ignorancia lo
verdaderamente peligroso. Los científicos,
para quienes siempre se sabrá demasiado poco,
no están acostumbrados a establecer principios
o reglas morales para limitar sus investigaciones
(eso lo dejan en manos de los políticos o
de aquellos que detentan el poder): una vida entera
dedicada a la investigación es insuficiente
para colmar sus ambiciones, pues se requiere de
paciencia e infinitos experimentos para avanzar
apenas unos pasos. Un ejemplo: cincuenta años
de esmerados experimentos con miles de animales
fueron necesarios para lograr la clonación
de una oveja. En el caso de la física cuántica
las máquinas colisionadoras de partículas
se vuelven cada vez más sofisticadas, así
que en unos años, cuando comience a funcionar
el gran colisionador de hadrones será posible
aislar quarks o comprobar la existencia de partículas
hasta ahora hipotéticas. De hecho, se espera
construir un modelo con el cual puedan reproducirse
las condiciones en que los quarks estaban separados
entre sí poco antes de formar la materia
ordinaria que dio lugar a la existencia del universo.
Los avances en el estudio de los anticuerpos proponen
nuevas esperanzas para conocer profundamente el
sistema inmunológico de los seres humanos.
Hace un cuarto de siglo la existencia de los anticuerpos
estaba aún en duda pues se pensaba que eran
proteínas. Hoy también el perfeccionamiento
de las técnicas de cristalografía
permite una aguda intromisión en el complejo
molecular de los genes.
En
fin, se progresa en casi todas las áreas
de la ciencia aunque a algunos óentre ellos me cuentoó
tal avance les despierte inmensos bostezos. Este
deseo de continuar investigando, añadiendo,
profundizando, descubriendo, perfeccionando, se
encuentra ligado, como dije antes, a la naturaleza
humana. A él le debemos tanto el progreso
técnico o el desarrollo civil como también
las peores desgracias acaecidas en el planeta. ¿Tiene
caso enumerarlas? ¿Tiene caso también
dibujar la curva beneficios-daños sin un
análisis ético etnológico subjetivo
de lo que representa el beneficio o el daño
para distintas comunidades?
El conformista no tiene un lugar apreciable en estas
sociedades modernas donde el modelo a seguir es
el hombre que llena ávidamente sus alforjas
de éxitos. Renunciar a abrir las puertas
que nos ofrece el conocimiento es a ojos de la mayoría
señal de indolencia o testarudez: ¿cómo
puede alguien negarse a evolucionar? La renuncia
al progreso es imposible en el seno de la sociedad
occidental. Sólo puede tener lugar en el
ámbito de una moral individual donde hombres
solitarios deciden marchar a contracorriente, volverse
anacoretas o eremitas posmodernos. En el arte y
en el ascetismo encontró Arthur Schopenhauer
dos caminos para salvarse parcialmente de una vida
carente de sentido y de un mundo donde los fenómenos
nos anunciaban la existencia de un más allá
inclemente, bestial, crudelísimo. Pero este
exilio voluntario es privilegio sólo de unos
cuantos. Los hombres preferimos consumir, espiar
por la mirilla, tener más, abrirnos paso
derribando todos los obstáculos, todo menos
ser ascetas. Habría sido más sensato
para el hombre, escribió Cioran, permanecer
algunos siglos más en los establos junto
a las bestias, morir a causa de sus enfermedades
y no de sus remedios. Ojalá fuera posible
tomar decisiones colectivas de esta envergadura:
aguardar, por ejemplo, algunos siglos más
a que el progreso o el perfeccionamiento moral se
desplazara unos cuantos centímetros para
equilibrarse con la desbocada ansiedad de los descubrimientos
técnicos. Sin embargo, nada repugna más
a nuestra sociedad que los ideales o las costumbres
ascéticas. Lo contrario es más bien
su característica: la glotonería,
la avidez de novedades, el consumo irracional acompañado
de su inevitable corolario: la contaminación
ambiental. Hace unos años el científico
mexicano Mario Molina confirmó que en la
isla de Tasmania, donde se encuentra el aire más
puro de la tierra, se registraron partículas
contaminantes como consecuencia de la actividad
industrial realizada a miles de kilómetros
de distancia. Aunque tardíos, los efectos
del progreso también han llegado a Tasmania.
¿Es posible que a un habitante de México
o Perú, por ejemplo, llegue a importarle
lo que suceda en Tasmania? De esa respuesta pende
el humanismo; la ética de la globalización,
la actitud frente a las catástrofes de largo
plazo, los efectos de sociedades cada vez más
complejas: esa respuesta, en suma, divide a la humanidad
en dos.
La
guerra fría que mantuvo en estado de sitio
psicológico a Occidente durante buena parte
de la centuria pasada fue una muestra contundente
de que la renuncia óen este caso la renuncia a continuar
armándoseó suponía ofrecerle serias
ventajas a los enemigos. El progreso de quienes
son capaces de hacernos mal nos empuja a caminar
a su ritmo, a no perderlos de vista, a contar siempre
con una bala más que ellos, en suma: a ignorar
las políticas antiviolentas, sean éstas
de origen secular o religioso. El ascetismo o sabia
renuncia a seguir abriendo puertas nos pone en manos
de los hombres que poseen ambiciones de poder. Los
científicos suelen no reparar en este inconveniente,
pues ellos sirven a instituciones que financian
sus experimentos. Estas instituciones utilizarán
los descubrimientos de sus científicos de
acuerdo con sus propios intereses o con las necesidades
de los gobiernos en turno. Y a pesar de que el abrir
todas las puertas parece ser una constante universal
de la especie humana uno se resiste a creer que
estemos condenados a ella. Algunos hombres pueden
detenerse si concluyen que es más conveniente
hacerlo. El ciego impulso que nos arroja hacia adelante
puede ser cuestionado cuando por medio del razonamiento
se obtienen evidencias de que es conveniente no
insistir en el progreso de ciertas áreas
del conocimiento. Sin embargo, la pregunta que realmente
interesa, en cuanto se plantea para ser respondida
por la especie humana, es la siguiente: ¿Hasta
qué punto es posible detenerse, volver sobre
nuestros pasos, convivir con el pasado, retroceder
a consecuencia de los traumas provocados por un
progreso desbocado? La respuesta es sencilla aunque
perturbadora: la sociedad no está preparada
para dar ningún paso atrás, continuará
su paso atroz no obstante que este avance sea acompañado
con políticas ecológicas o economías
de tercera vía o programas de asistencia
social o generaciones de políticos que administren
la catástrofe en pos de un desarrollo sustentable.
Cito
aquí una opinión de George Steiner
cuya severidad cuesta trabajo asimilar:
No
podemos volvernos atrás. No podemos permitirnos
los sueños de no saber. Abriremos, así
lo espero, la última puerta del castillo
aun cuando ésta nos lleve (y quizás
precisamente porque nos lleva) a realidades que
están más allá del alcance
de la comprensión y el control humanos.
No existe moral alguna capaz de estimular un ascetismo
inteligente. El progreso sólo posee un sentido:
ejercer poder sobre los otros. Incluso cuando se
dice que determinadas negociaciones de paz progresan
es porque los pacíficos se imponen sobre
los belicosos. En cuestiones de literatura, sin
embargo, sucede algo distinto: los libros no progresan.
Nadie se atreve a decir que una novela de la centuria
pasada es superior a otra decimonónica sólo
por haber sido concebida en tiempos más recientes.
Si bien en ocasiones los escritores confiesan su
deseo de escribir una obra trascendente, monumental,
no están pensando en superar La divina comedia,
¿o sí? Sólo los libros cuyo
contenido es perecedero pueden someterse a la tiranía
del progreso: las obras que insisten en explicarse
el mundo se hallan también en una evidente
carrera evolutiva. ¿Pues qué son las
explicaciones sino un poner en marcha la necesidad
de apropiación de un objeto que ya en su
naturaleza nos contiene, nos conmina a ser en él?
La voluntad de poder, el tiene que ser, la vida
abriéndose camino son expresiones que señalan
ese no detenerse como el destino de los actos humanos.
La comprensión y la interpretación
del mundo que nos rodea son sólo consecuencia
de un ser lanzado hacia adelante. ¿Hacia
dónde? Nadie lo sabe. Una respuesta es que
el deseo de conocimiento se encuentra orientado
hacia la conquista de la eternidad: combatir a la
muerte por todos los medios, escribir novelas como
si fuésemos eternos, encontrar en los libros
un universo más bondadoso que el que nos
ofrece la realidad, convertirnos en lectores reales
a pesar de los desprestigios del humanismo, ser
críticos frente a las novedades que el mercado
produce para seducir a los consumidores, encarnar
en lectores individuales capaces de satisfacer la
mínima libertad que exige un libro. En fin,
no son éstas más que intenciones de
carácter moral, no dirigidas a la sociedad
sino a los individuos. Estos individuos óascetas,
responsables ecológicos, humanistas, conscientes
de la complejidad social en que habitanó, sumados
al cuerpo de su sociedad podrían, en determinados
casos, inclinar la balanza, crear nuevas políticas
de convivencia, abrir nuevos caminos, alternativos
al analfabetismo tecnológico, al pensamiento
tecnocrático, a la globalización económica.
Crear políticas emergentes que los lleven
a sobrevivir en la oscura bruma del tiempo presente.
®
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Guillermo Fadanelli es escritor. Sus libros más
recientes son Compraré un rifle y
La otra cara de Rock Hudson, publicados por
Anagrama, y Dios siempre se equivoca (aforismos),
por Joaquín Mortiz.
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