La primera vez que sentí pánico en Londres fue poco después de mi llegada, en 1999. En el ascensor de la estación de metro Covent Garden la insistente alarma de las puertas me sonó al heraldo de una de las pocas amenazas que no padecemos en la Ciudad de México: el terrorismo. Salí despavorida, ante el asombro de algunos relajados londinenses. En esta ciudad, imagen consumada de armonía urbana, el pánico parece fuera de lugar.

Esta es una de las contradicciones de Londres. La multiplicidad de su entramado social comparte, en su mayoría, un rasgo común: la voluntad de convivencia pacífica. Y quizá es solamente la voluntad ciega de sus habitantes de alimentar ese incesante fluir de vidas entrecruzadas lo que sostiene su imagen de fortaleza inquebrantable. Pero comparte, como cualquier sitio, la contundencia de la fragilidad humana. En ese 1999 estallaron dos bombas en Soho y en Brixton: un caso aislado de homofobia y xenofobia que no alcanzó a alterar el rostro amable de la ciudad. Sólo tras los atentados del 11 de septiembre empezaron a perfilarse las dimensiones de una catástrofe en la capital inglesa. A los pocos días me tocó una evacuación en la inmensa, agobiante estación de Kings Cross. Era una falsa alarma, pero no quiero volver a experimentar nunca un pánico igual. Ahora que la amenaza es mayor, cuando me subo al metro a veces no sé a qué temo más: a un verdadero ataque terrorista o al miedo mismo.

Pero aunque hubo miedo tras el 11-S y al inicio de la guerra en Irak, la ciudad se mantuvo firme. No hubo deterioro notable en las relaciones entre distintas razas y credos y la discusión política y social siguió tan encendida, plural y sensata como siempre. Sólo tras los ataques terroristas en Madrid de marzo pasado las cosas han cambiado visiblemente. Por primera vez el mensaje fue inequívoco: se espera un ataque terrorista en Londres. El alcalde declara que sólo un milagro podría salvarnos; el jefe de la policía insiste en el adjetivo ìinevitableî y un vocero de los servicios de emergencia se queja de falta de recursos y organización: no estamos preparados siquiera para improvisar depósitos de cadáveres adecuados.

Y, aunque ya no se respira el pánico silente que ensombrecía las calles en marzo, algo ha cambiado en la conciencia de los londinenses: la posibilidad de la destrucción y la muerte violenta está cerca; podemos olerla.

Esta semana fueron arrestados varios individuos bajo la sospecha de que tramaban un atentado durante un partido del Manchester United contra el Liverpool. Los directivos del Manchester declararon que no había que dar crédito a los rumores, pero el miedo desplegó su oscuro ropaje. El partido transcurrió sin mayores contratiempos: no hubo más gritos que los de ì°Gol!î saliendo de los pubs. Uno de los detenidos, un joven iraquí kurdo que tramita su solicitud de asilo, fue puesto en libertad sin que se encontrara más prueba en su contra que banderines del Manchester. No ha recibido ninguna disculpa por parte de la policía. Sabe que ésta tiene que actuar frente a cualquier indicio de amenaza, pero no entiende por qué no ha recibido una explicación sobre qué exactamente lo hacía sospechoso. Lo primero que pensó cuando le dijeron que estaba bajo arresto fue que ojalá hubiera muerto él también con su familia bajo el régimen que lo expulsó de su patria.

En estas calles, cuando se habla de amenaza terrorista, lo que veo son esas historias múltiples, las formas de vida más variadas amedrentadas de manera igualmente injusta. Están bajo amenaza los ingleses ìtípicosî; los innumerables ciudadanos británicos de minorías étnicas; una multitud de inmigrantes, viajeros, turistas y estudiantes reepresentando a todos los rincones, razas, religiones y culturas del planeta. La población musulmana es numerosa, y cuando el miedo desata sus amarras y estalla en la estúpida simplificación de la ìamenaza del Islamî olvidamos que los ciudadanos musulmanes en este país enfrentan una amenaza doble: al miedo que todos tenemos de una bomba o un ataque con armas químicas o bacteriológicas se suma el de convertirse en chivo expiatorio del pánico y la incertidumbre de otros. Y están los numerosos refugiados. El Reino Unido, pese a sus restricciones, sigue siendo la nación europea más sensible en cuestiones de inmigración y asilo político. Por lo mismo, es refugio de innumerables víctimas de persecución y tortura en sus países de origen. ¿No es cruel que, una vez recibidos en el país extranjero, con el dolor de la patria perdida, seres queridos asesinados o desaparecidos, las propias cicatrices, en una cultura ajena, pero finalmente también con la sensación de haber alcanzado un puerto seguro, teman ahora perder la vida en un atentado? ¿Y no es irónico que la nación que les abrió los brazos sea uno de los principales responsables de haber detonado esa avalancha de inseguridad y violencia ante la cual todos somos víctimas potenciales? Dejando de lado las consideraciones políticas de este embrollo, nuestro estupor, confusión, coraje, el cada vez más intrincado y con frecuencia inútil intercambio de opiniones y hasta insultos, lo cierto es que el momento que vivimos es triste recordatorio de que la historia de la humanidad se escribe casi siempre con sangre, y a veces, con esta consideración, esta ciudad de trato tan civilizado, tan llena de tentaciones y placeres que cubren toda la gama de lo frívolo a lo sublime, parece una alucinación, un velo frágil e imperfecto que apenas logra cubrir el rostro pertinaz de la tragedia.

Pero Londres, ciudad de los extremos, donde la condición humana se ha manifestado en toda su bajeza y gloria durante miles de años, no se intimida fácilmente. Su historia está marcada por el fuego. 1666, el año del Gran Fuego de Londres, llegó tras la peste, pero ambas orillas de ese momento emblemático de destrucción y renovación han conocido el retorno cíclico del desastre. Un fénix custodia la Catedral de St. Paulís; alrededor de una piedra rescatada de la vieja catedral que arrasaran las llamas de aquel infierno, Christopher Wren levantó los nuevos muros, que se mantuvieron en pie bajo los implacables bombardeos de la Segunda Guerra. Es difícil imaginar ahora la devastación de la ciudad en aquellos años, pero sus huellas están presentes por todas partes. Quizá hay un elemento de memoria colectiva que ayuda a los londinenses a enfrentar la presente amenaza con tanta sangre fría, casi indiferencia. Más recientemente, por supuesto, recuerdan lo que era vivir bajo la constante amenaza de los ataques del Ejército Republicano Irlandés (eri). La lección: seguir haciendo su vida, como siempre. Lo admirable es que ese ìcomo siempreî incluye el inamovible espíritu comunitario de esta ciudad que los ingleses, tan dispuestos siempre a quejarse de sí mismos, insisten en llamar, para mi asombro infinito, inhóspita. Así, aunque todos los días las palabras ìamenaza terroristaî resuenan con macabra insistencia, por el momento la persona más vulnerable al pánico que conozco soy yo. Varias veces he preguntado quién es el propietario de alguna maleta que supongo sospechosa ante la amable y divertida mirada del propietario mismo. Me he bajado de autobuses sin motivo alguno y doy rodeos dementes para evitar las estaciones de metro conflictivas. A pesar de todo, sigo gozando esta ciudad, descubriendo el misterioso trazo imborrable de su historia, y sólo espero que si sucede lo peor y el temido ataque nos alcanza, su furia no calcine los cimientos de la tolerancia, la pluralidad y la inagotable curiosidad por cuanto concierne al misterio de lo huma *

Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964) es autora de La sed (Colibrí, 2001) y Puente del cielo (Random House/Mondadori, 2003). Sus Cuentos de fantasmas y otras mentiras se publicarán próximamente en Aldus. Vive en Londres. E-mail: diaz_enciso@hotmail.com

 



 

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Arrancaban los años noventa y el LUCC estaba en su apogeo. La Polla Records visitó la Ciudad y dió un delirante concierto en dicho lugar, en el que hasta las paredes sudaron. Entonces el Mosh no sabía nada de huelgas universitarias y se dedicaba a gritar con su grupo Atoxxxico. En la foto hace lo propio con Evaristo, cantante de La Polla.
R.V.
Foto® Horacio Rivera.