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Un
mundo agónico y moderno
La modernidad que se consolida en los siglos
xix y xx tiene la apariencia pétrea típica
de las construcciones nacionales que pretendieron
consolidar sociedades homogéneas donde los
individuos quedaban incrustados en sistemas de valores
relativamente estables. Por ello me gustan las imágenes
del gran poeta T.S. Eliot para describir la crisis
que va fracturando a la modernidad durante el siglo
xx hasta alcanzar la tierra baldía de la
posmodernidad:
¿Cuáles son las raíces que
arraigan, qué ramas crecen
En estos pétreos desperdicios?1
Eliot
describe la tierra parda y árida de un mundo
agónico y moderno que espera la lluvia que
lo ablande. La peculiar amalgama de conservadurismo
y modernismo le dio a Eliot una extrema sensibilidad
ante las tensiones culturales de su época.
El poema de Eliot es una queja amarga que mezcla
las imágenes de una tierra muerta con las
del agua que remueve las turbias raíces.
Nadie puede adivinar cuándo florecerá
el cadáver plantado en el jardín de
la modernidad tardía ni qué ramas
podrán brotar de la roca sólida. El
poema de Eliot oscila entre lo pétreo y lo
líquido, entre la tierra sedienta y la lluvia,
entre la roca y el agua. Si seguimos el juego metafórico,
podemos preguntar: ¿qué clase de cultura
líquida se derrama por las grietas del terreno
seco de la modernidad? La posmodernidad ha traído
flujos sociales que alientan formas inestables de
empleo, responsabilidades económicas que
huyen de los territorios delimitados, movilidades
globales que viven en la incertidumbre, oleajes
y vaivenes políticos que no respetan las
soberanías estatales antiguas, derramas de
población que provienen de remolinos caóticos
en la periferia del mundo. Sin duda se está
expandiendo una nueva forma de vivir. Una burbujeante
política posdemocrática comienza a
empapar a la sociedad, que se ve dominada por una
creciente irresponsabilidad húmeda y blanda.
Autóctonos
y transterrados
Uno
de los fenómenos más característicos
de esta condición es la zozobra provocada
por los flujos migratorios y las diásporas.
En las sociedades industriales desarrolladas vemos
un gran crecimiento de los estratos culturales desterritorializados.
Enormes franjas de inmigrados extienden su manto
y provocan tensiones en la población autóctona
que siente su solidez amenazada por la presencia
de otredades necesarias pero inquietantes. Los transterrados
viven su condición como una paradoja que
aúna las esperanzas de infiltrarse a una
nueva vida con las amarguras del destierro. Los
inmigrados en los países desarrollados del
mundo constituyen una masa de más de cien
millones de personas, lo que significa casi 9% de
la población. Son como un inmenso bloque
demográfico que se derrite sobre la sociedad.
En Europa occidental la población de inmigrados
llega a más de 10 por ciento y en Estados
Unidos rebasa el 12. Esta otredad interior da lugar
a procesos culturales y políticos, a veces
espectaculares, que superan con creces la importancia
demográfica del fenómeno. Aun en países
con porcentajes relativamente bajos de inmigrados,
como España (poco más de 3 por ciento),
podemos observar cómo la sociedad teje en
torno del extranjero una densa red de miedos y mitos.
El efecto cultural y psicológico de esta
alteridad interna aumenta considerablemente en países
donde alcanza alrededor de 10 por ciento, como Alemania,
Francia y Suecia, y llega a ser impactante en lugares
como Australia y Suiza, donde una cuarta parte de
la población tiene origen extranjero. Estas
cifras se refieren únicamente al núcleo
duro cuyas existencias son cuantificadas por las
estadísticas. No incluyen a grupos de antigua
residencia cuyo territorio carece de autonomía
ni a los inmigrados y sus descendientes que ya gozan
de ciudadanía. Si los sumamos, el peso relativo
de las alteridades interiores aumenta considerablemente.
Culturas
líquidas
He
querido señalar muy escuetamente el sustrato socioeconómico
de la eclosión de los espectaculares procesos
culturales que alimentan los mitos modernos sobre
la otredad y el extranjero. Lo que me interesa ahora
es la extraordinaria expansión de la mitología
relacionada con las culturas que carecen de base
territorial. Las llamaré culturas líquidas.
La imaginería vinculada al extranjero y al
otro no es un fenómeno nuevo: los mitos de
la alteridad se han ido acumulando como estratos
hasta nuestros días y han formado estructuras
culturales muy complejas. Los procesos migratorios
han amplificado los mitos y les han dado una nueva
fluidez. Esta alteridad interna, junto con sus mitos,
es una de las manifestaciones más visibles
de las culturas líquidas que empapan a la
sociedad posmoderna, que humedecen a la pedregosa
tierra baldía. Quisiera creer que las metáforas
poéticas de Eliot inspiraron las imágenes
de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco que
ha contrastado la sólida modernidad tradicional,
donde los hombres se aferran a sus raíces,
con la modernidad líquida como época
fluida y móvil donde predominan el desarraigo
y la desterritorialización.2 Yo prefiero
usar las metáforas de Eliot sobre la tierra
baldía para referirme a la posmodernidad
y reservo la idea de liquidez para señalar la nueva
derrama de otredades que ocurre en el seno de las
sociedades actuales. A partir de esta idea quiero
esbozar una aproximación antropológica
a los mitos que giran en torno de las culturas líquidas
de la alteridad.
Los antropólogos estamos especialmente interesados
en las formas míticas en que se construye
culturalmente la idea de la otredad. En general
nos desplazamos a regiones remotas alejadas de la
civilización metropolitana para investigar
las formas en que se establece la imaginería
sobre el extranjero. A contrapelo de esta tradición,
quiero proponer una expedición antropológica
no a las regiones marginales, sino al corazón
mismo de los poderes occidentales. Quiero además
advertir que aquí me interesarán solamente
las manifestaciones míticas de la otredad
y su relación con la llamada ìcivilización
occidentalî. No exploraré las ideas hermenéuticas
que buscan la unidad de conciencia entre el Uno
y el Otro (Hans Georg Gadamer) en un proceso de
fusión de horizontes o de apropiación
de lo ajeno. Otras perspectivas (Jacques Derrida),
por el contrario, han dado como un hecho establecido
el carácter irreductible óaunque sublimeó
de la separación y la diferencia. Un punto
de vista distinto (Julia Kristeva) supone que el
otro es la proyección de nuestros miedos
inconscientes o de la bestia que llevamos dentro.
Así, el otro se convierte en un monstruo.
O bien puede ser la proyección de nuestros
deseos reprimidos y, en consecuencia, el otro adopta
una forma divina o heroica. El extranjero también
puede ser contemplado como un chivo expiatorio (René
Girard) sobre el que recaen las culpas de nuestros
desastres, desórdenes o crisis.
Los extensos mantos de alteridad interior ya no
invocan la imagen individual y casi heroica del
Otro que era evocada por filósofos y psicoanalistas
como una de las claves de la condición humana.
Tal vez podríamos ubicar el famoso relato
de Camus, El extranjero, como una pieza emblemática
del puente que unía las tradiciones existencialistas
y psicoanalíticas de raíz decimonónica
con el auge del estructuralismo en las ciencias
humanas del siglo xx. En ese relato Camus revela
que el yo óenfrentado a un mundo absurdo y sin sentidoó
es en realidad un extranjero. El ego occidental,
presentado con orgullo como el centro del mundo
y enfrentado a otredades bárbaras e incivilizadas,
aparecía como un yo forastero y angustiado.
Para la antropología es evidente que en torno
de los otros existe una especie de halo o aura especial
que va más allá de la definición
de identidades tribales, étnicas, nacionales
o personales: un halo que señala a aquellos
seres ajenos, extranjeros y bárbaros, que
se hallan fuera del círculo propio del ego,
sea éste entendido como un enjambre colectivo
o como una partícula individual. Ese halo
peculiar había sido abordado como expresión
del inconsciente reprimido, como arquetipo del inconsciente
colectivo, como herida psíquica ante el espejo,
como expresión de la incongruencia fundamental
del mundo y como figura en el teatro cotidiano del
absurdo. Una primera aproximación al otro,
a este nuevo extranjero de la cultura líquida,
indica que se trata de un conjunto de símbolos
que tienen en común la idea del alejamiento
de un sujeto con respecto del mundo que lo rodea,
como si sufriera la atracción de un astro
lejano cuya luz lo bañase con esa aureola
que nos produce la sensación de extrañeza.
Ese conjunto de símbolos forma una suerte
de fluido cultural que refleja la alteridad o la
extranjería. Podría decirse que se
trata de espejos líquidos que reflejan las
inquietudes por la presencia masiva de otredades
interiores. Quiero referirme a seis espejos líquidos
que se han derramado durante los últimos
dos siglos en la sociedad occidental. Estos espejos
conforman los planos de una especie de cosmografía
de la alteridad. Para ello partiré de los
puntos cardinales como referencias simbólicas.
Espejos
líquidos
Si miramos hacia el Este contemplaremos el espejo
de la otredad oriental, esa extraña mezcla de imágenes
románticas y monstruosidades políticas
que vienen del pasado mítico. En el Oriente
hay sensibilidades eróticas diferentes, sátrapas,
antiguas sabidurías y perversiones refinadas.
También de allí vienen oleadas migratorias
de turcos, paquistanos, chinos o árabes.
Llega asimismo la influencia del budismo zen, el
yoga y los gurús indios, así como
el miedo a los déspotas orientales, desde
los sultanes otomanos y los emperadores manchúes
hasta las diversas dictaduras encarnadas en Saddam
Hussein, Pol Pot, Suharto o el sha Reza Pahlevi.
Edward Said ha descrito en un libro admirable el
orientalismo europeo (Orientalism, 1979).
Nerval y Chateaubriand alentaron la imaginería
orientalista y después Nietzsche consolidó
una influyente actitud filosófica que unió
la antig¸edad clásica con el Cercano Oriente,
a Dionisos con Zaratustra. Si ahora dirigimos nuestra
mirada a un Sur interior e imaginario veremos allí
las míticas figuras de los salvajes, seres
primitivos que viven una existencia tosca y bestial,
carentes de los refinamientos orientales, pero tan
extraños como los míticos habitantes de Catay,
los sultanes de las Mil y una noches o las
sensuales odaliscas turcas. Los salvajes no están
sumergidos en la nebulosa fantasía del Oriente,
sino en las oscuras y peligrosas selvas, los desiertos
y las montañas. Pero también son un flujo
de emigrantes africanos, con extrañas costumbres
tribales y lenguas incomprensibles, que llegan a
las costas mediterráneas en busca de trabajo.
O los miles de latinoamericanos que cada año llegan
a Estados Unidos. Los famélicos emigrantes
se confunden, en el espejo líquido de la
imaginación, con los míticos calibanes
y yahoos que escapan del corazón de la oscuridad
que describió Conrad en su famosa novela.
Del
Norte, desde la Antig¸edad y la Edad Media, se descuelgan
oleadas agresivas donde rudos escitas y bárbaros
germanos amenazan a la civilización. Coetzee
ha representado en una extraordinaria novela, Esperando
a los bárbaros, los miedos ancestrales
frente a indefinibles amenazas nórdicas,
eslavas o germánicas que se ciernen sobre
la civilización.
En esta rápida exploración hay otro
rumbo, otra ruta hacia la lejanía. En la
geografía de las otredades la historia avanza
hacia el Oeste y atraviesa en peligroso equilibrio
por un punto óel ego occidentaló ubicado entre los
salvajes crueles del Sur y las hordas bárbaras
del Norte. El porvenir imaginario y fantasioso ubicado
en el Oeste está tan plagado de alteridades
como el pretérito oriental. Pero aquí
el fulgor de la otredad proviene de supertecnologías
desconocidas, de fenómenos cibernéticos
hipersofisticados y de formas de robotización
cuyas expresiones emblemáticas se encuentran
en el Extremo Occidente, en unos Estados Unidos
míticos en cuyos sueños y pesadillas habitan
los arquetipos posiblemente más radicales
del Otro y del Extranjero: los seres híbridos
robotizados como los cyborgs, los extraterrestres
y los superhombres o superhéroes de la ciencia
ficción. Los referentes reales de esta encarnación
futurista ultraoccidentalizada son poco precisos,
pues este mito vive sobretodo en un mundo imaginario.
Acaso los centros de investigación o experimentación
científica y tecnológica asociados
a los enclaves militares y de inteligencia pueden
ser un ejemplo de su enigmática presencia
en la sociedad.
En esta cosmografía de la otredad nos falta
por mirar hacia otras direcciones. Si dirigimos
los ojos hacia el zenit, hacia arriba, podremos
contemplar cómo del cielo nos llueven místicos
que pretenden estar en comunicación con los
dominios celestiales: iluminados, alumbrados, ilusos,
melancólicos y profetas perdidos en la noche
oscura, lunáticos y saturninos que predican
con fervor exótico las bondades de la luz
verdadera. Formas blandas y aparentemente benévolas
de la locura se mezclan, en esta otredad angélica,
con los fanatismos y fundamentalismos más
radicales de ayatolas, unas veces imaginarios y
otras muy reales y amenazadores.
El
punto opuesto al zenit lo hallamos hacia abajo,
rumbo al nadir de las alteridades malignas. En las
profundidades subterráneas, en el infierno,
existe el imperio mítico del mal óen el que
cree firmemente el presidente Bushó, un pozo que
no sólo se traga a los pecadores, sino que
desde sus cavernas emana la otredad malvada de los
terroristas, los criminales, la locura furiosa y
el erotismo desenfrenado.
El
miedo a los bárbaros
La
cosmografía imaginaria que he descrito revela
la presencia de un torbellino heterogéneo
de corrientes ubicado en el corazón mismo
de las sociedades posmodernas. Estoy convencido
de que se trata de un proceso de gran importancia
que se conecta con los ejes de la globalización
y la nueva situación política surgida
tras el fin del mundo bipolar en 1989. Podría
afirmarse que el 11 de septiembre del 2001 es el
símbolo dramático de los nuevos flujos
políticos y culturales, pues la destrucción
de las torres gemelas en Nueva York y el ataque
al Pentágono son la más extrema agresión
jamás realizada por fuerzas de la otredad
contra el establishment occidental. Después
de este acto trágico cunde el miedo a unos
bárbaros y salvajes, poseídos por
un maligno furor místico, que caen como una
plaga de terroristas extraterrestres sobre los centros
más significativos del poder global. Con
ello se fortalecen las endencias posdemocráticas
que habían comenzado desde hace decenios
a compensar los déficits de legitimidad política
mediante la creación de formas no electorales
de fortalecer la gobernabilidad. En realidad los
flujos propios de la otredad interior han estado
tejiendo desde hace mucho esas peculiares redes
imaginarias de la legitimación no democrática
que cada vez se extienden más en Europa y
Estados Unidos. Estas redes se caracterizan por
una confrontación, en parte real y en parte
imaginaria, entre dos polos: las fuerzas hegemónicas
que representan la normalidad y la estabilidad enfrentadas
a las mil caras de la otredad enemiga del orden
establecido. Con la desaparición de la amenazadora
alteridad comunista ha aumentado la necesidad de
buscar e inventar nuevos enemigos. Podría
pensarse en otra bipolaridad mítica: la que
opone la tierra baldía de la posmodernidad
a las otredades líquidas. La tierra baldía
de Eliot ówaste landó es una idea compleja y polisémica
que no sólo se refiere a un espacio inútil
y yermo. Se refiere a la vastedad del derroche,
la inmensidad de lo superfluo, el vacío después
del consumo, las sobras del banquete. Se trata de
una visión que muchos inmigrantes tienen
de la tierra que los recibe, pero también
refleja los sentimientos de algunas formas de pesimismo
cultural en Occidente.
Pero
no todo ocurre en las nubes de la imaginería
política. El siglo xxi contempla situaciones
nuevas y desconocidas que todavía no sabemos
entender. El mundo de las naciones-Estado se está
disolviendo. Los ejes centrales de la economía
se van desplazando hacia la producción de
mercancías blandas y servicios. La producción
tradicional de objetos (automóviles, tejidos,
artefactos) se desplaza hacia la periferia y en
las regiones hegemónicas crece la economía
ligada a las nuevas tecnologías y a la informática.
La urbanización se expande y adquiere dimensiones
que se adaptan a las nuevas formas de empleo que
ya no requieren de la vieja ciudad industrial metropolitana.
Los sindicatos languidecen, la jornada de trabajo
semanal se reduce, el desempleo y el tiempo libre
crecen y se confunden. En este contexto aumenta
la presencia masiva de los sectores de inmigrados
y de ciudadanos descendientes de extranjeros, que
conforman los espacios culturales líquidos.
La condición líquida denota tanto
su carencia de tierra como su origen fluido y su
condición inestable. Estas culturas líquidas
son un fenómeno que ocurre en el seno de
la sociedad contemporánea: no son un resabio
del pasado ni el advenimiento de una nueva época.
Expresamente quiero evitar la idea de que estamos
ante la continuación, en territorio occidental,
de una guerra entre civilizaciones.
No
es mi intención examinar aquí estos
nuevos procesos. Lo que pretendo es reflexionar
sobre la imaginería que se desprende de ellos,
pues me parece que nos descubre aspectos significativos
y reveladores. Uno de ellos es la popularización
del relativismo cultural y de las visiones multiculturalistas.
Se ha querido estimular y poner en marcha un proceso
de ìrecuperaciónî de las identidades propias
de los diversos fragmentos de las franjas de población
que ha abandonado sus territorios originales o cuyas
tierras ancestrales han sido invadidas por la cultura
mayoritaria y hegemónica. Así, surge
aparentemente la necesidad imperiosa de las culturas
sin territorio de reconstruir una memoria o una
tradición. De alguna manera se vuelve a plantear
un problema antiguo. En el siglo xix la historiografía
romántica contribuyó a consolidar
las identidades nacionales que emergían en
Europa. Estamos demasiado deslumbrados por la idea
de que el romanticismo fue una reacción conservadora
contra la modernidad capitalista y hemos perdido
la sensibilidad para reconocer la gran importancia
del delirio del Yo romántico en la consolidación
de la memoria moderna. Como señalé
al comienzo, las angustias reflejadas por el psicoanálisis
y el existencialismo formaron parte de la construcción
del ego occidental. ¿Se está repitiendo
el proceso en el seno de las culturas líquidas?
¿Es posible que las culturas desterritorializadas
recuperen, mediante la reconstrucción de
las tradiciones históricas, la memoria de
la identidad que han perdido?.
El
arte de la memoria
Con el objeto de reflexionar brevemente sobre este
problema, me gustaría rescatar una historia
antigua, contada por Cicerón, para ilustrar
la importancia del arte de la memoria, la mnemotecnia.3
En cierta ocasión, un noble de Tesalia, llamado
Scopas, contrató al famoso poeta Simónides
óconocido además por ser el inventor de la
mnemotecniaó para cantar un poema lírico
durante un banquete en honor del poderoso anfitrión.
Simónides dedicó la mitad de su poema
al noble, pero el resto fue una loa de los héroes
gemelos Cástor y Pólux. El varón
noble le advirtió a Simónides que
sólo le pagaría la mitad de lo convenido
por el panegírico y que podía cobrar
el resto a los gemelos divinos a los que había
exaltado. Poco después, durante el fastuoso
banquete, le llevaron al poeta un mensaje avisándole
que dos jóvenes que querían verlo
lo estaban esperando afuera. Se levantó y
salió a la puerta, pero no encontró
a nadie. Mientras estaba afuera el techo del salón
de banquetes se desplomó y aplastó
a Scopas y a todos los invitados, que quedaron tan
mutilados que sus familiares no los pudieron reconocer.
Sin embargo, Simónides, gracias a su arte,
recordaba exactamente los lugares que ocupaban los
invitados y con ello pudo ayudar a que los parientes
recuperasen a sus muertos. Los inmigrantes buscan
algo parecido: quieren que la memoria de un pasado
en ruinas se conecte con el futuro para permitir
el duelo de los familiares y descendientes. Pero
cuando el futuro se convierte en presente las ruinas
siguen allí y se hace evidente que las cosas
del pasado no hablan por sí mismas. Es necesario
descifrarlas para que los vivos puedan reconocer
a los muertos.
La anécdota de Simónides nos permite
también señalar los problemas de la tradición.
La construcción de una memoria es una elaboración
teórica que nos enfrenta a la inquietante
pregunta: ¿qué clase de cultura es
necesario recuperar y cuál es mejor olvidar?
Estamos ante un curioso retorno de las preocupaciones
románticas, un regreso de los intentos por
descifrar el enigma del Yo. Aunque la historiografía
científica moderna ha pretendido dejar que
se extinga el Yo para dejar que las cosas hablen
solas, no ha logrado escapar de lo que me gusta
llamar la maldición cartesiana: para que
la realidad de las cosas ópasadas y presentesó llegue
al escenario de la conciencia debe haber un homúnculo
espectador ócomo Simónidesó que contempla
y manipula el teatro interno de la memoria. En el
papel de Simónides hoy aparecen antropólogos,
historiadores, sacerdotes o políticos que
se erigen en espectadores e intérpretes de
la memoria perdida. Pero podemos comprender que
si Simónides hubiese simplemente inventado
la posición de cada persona en el banquete,
el resultado sería el mismo: los herederos
podrían realizar sus labores de duelo, aunque
las lágrimas no cayesen sobre los restos
correctos. ¿Quién podría darse
cuenta? Claro que siempre pueden llegar unos arqueólogos
aguafiestas a denunciar el infundio... El ideal
de los historiadores modernos pretendía establecer
una relación directa y sin mediaciones con
el pasado para dejar que el yo occidental supuestamente
se construyese a sí mismo. Pero la maldición
del homúnculo cartesiano condenó al
fracaso el proyecto: se ha señalado no sin angustia
que una teoría contiene un homúnculo
a partir del momento en que la explicación
del proceso de gestación de una memoria consciente
acude al mismo proceso que requiere explicación.
Es la pesadilla de los científicos que intentan
explicar los mecanismos neurológicos de la
memoria: de una u otra forma recurren a la presencia
de un homúnculo animado óel alma, en Descartesó
que examina los archivos, pues las fuentes de la
historia y del conocimiento tal vez hablan o emiten
imágenes, pero están sordas y ciegas
ante sí mismas. Siempre que se intenta una
representación del pasado aparece el problema
del homúnculo que la contempla. Las fuentes,
tal vez, incluso cantan: pero ellas no escuchan
su propia melodía: alguien tiene que oírlas
e interpretar el canto. Y ese alguien es precisamente
el Ego moderno, el gran homúnculo de la occidentalidad.
Ante estas dificultades surge una curiosa tendencia
relativista en el proceso de reconstruir un pasado
ligado al territorio del que se ha escapado y que
se ha perdido. Hay una amarga renuncia a explicar
los hechos pasados por sí mismos: ahora sólo
se explican los comentarios y las interpretaciones
que se han hecho de ellos. Es como si los homúnculos
encargados de leer las fuentes se hubiesen multiplicado.
Según esta idea, los hechos históricos
sólo pueden ser entendidos por medio de las
imágenes y las representaciones que otros
han hecho, especialmente en textos. Simónides,
que conoció y memorizó el lugar de
los personajes aplastados por el peso de la historia
(es decir, del techo que les cayó encima),
no sería el verdadero historiador: lo serían
en cambio Cicerón, que interpreta la historia
del poeta memorista, y los comentaristas posteriores
que nos comunican en sus textos no sus percepciones,
sino sus opiniones: opiniones empapadas de la representación
que sus sociedades hacen de sí mismas.
Un
Simónides moderno podría ser un cronista
invitado por las autoridades portuarias de Nueva
York a leer una loa del puerto, como símbolo
de la recepción de inmigrantes y extranjeros,
en un banquete con representantes de diversas comunidades
étnicas y religiosas en el World Trade Center
el 11 de septiembre fatídico. Si, salvado
por unos heroicos gemelos, celosos de las altísimas
torres, describiese después de memoria la
disposición contingente de los invitados
en el banquete multicultural, ¿qué
podríamos hacer con ese documento? ¿Qué
valor tendría? Tal vez no tiene valor alguno
antes de que el documento del cronista, publicado
en el New York Times, levante ódigamosó una
polvareda de opiniones y críticas: es en
esta nube de polvo contaminado donde prefieren respirar
los historiadores que intentan recuperar las tradiciones
perdidas.
El
espíritu de la colmena
El ideal historicista buscaba lograr la desaparición
del Yo en la polvareda para que el cúmulo
de textos permitiese que los hechos históricos
hablasen por sí mismos. En contraste, los
relativistas y multiculturalistas están muy
lejos de querer borrar el ego cartesiano del historiador
que encarna la identidad del grupo, el espíritu
de la colmena. El desafío, por consiguiente,
es la construcción de una narrativa teleológica,
donde el sentido del pasado es producido a partir
de sucesos posteriores. Así, la representación
de un acontecimiento se convierte en la llave para
entrar a un espacio histórico anterior. Aquí
hay un peligro: ¿no estamos construyendo
un palimpsesto sistémico que sobrepone representaciones
sobre representaciones, en un proceso infinito de
regresión donde siempre hay un observador
que observa al observador, a su vez observado por
otro más, en una sucesión sin fin?4
Volvamos al ejemplo de Simónides: me pregunto
si podemos esperar que dioses generosos, capaces
de adivinar el futuro, intervengan de vez en vez
para salvar a algunos historiadores y poetas de
su destino, para que con sus artes y sus escritos
se conecten con el pasado. La dificultad radica
en que dioses como Cástor y Pólux
no existen en los tiempos modernos y, por lo tanto,
no pueden intervenir para salvar a las culturas
líquidas del desplome del techo.
Carnaval
de identidades
Los mitos de la otredad interior son diferentes:
crecen de manera espectacular en torno de las culturas
líquidas. Lo que me parece fundamental de
esta imaginería mítica es el hecho
de que forma parte de un proceso político
legitimador de las sociedades actuales. La otredad
interior es una amenaza controlada, un peligro útil,
una agresión aprovechable. En suma, un fluido
fértil que enriquece a la tierra vasta, tanto
en su significado estricto de aportar fuerza de
trabajo necesaria como en su sentido político
más amplio de estimular la cohesión
y la legitimidad. Vistas desde este ángulo,
las culturas líquidas son aprovechadas tanto
si se manipulan como flujos de mano de obra o como
foros sociales mundiales de protesta contra la globalización
en Porto Alegre o en Bombay.
La
solución de los problemas que afectan a las
culturas líquidas no se encuentra en la forma
tradicional de configurar identidades potentes sobre
territorios soberanos. No hay condiciones para ello,
y pareciera temeraria e inútil toda empresa
política encaminada a transitar los viejos
senderos del nacionalismo. La reconstrucción
de la memoria se vuelve un acto de duelo sobre las
ruinas de una historia dislocada. Al mismo tiempo,
estas culturas sin territorio tampoco parecen encontrarse
en rápido proceso de desintegración,
mestizaje y fusión. Se trata de culturas
en vilo, oscilantes, que no logran fundar un superego
definido y sólido ni tampoco se disuelven
en el terreno de la cultura hegemónica. Viven
en un estado líquido latente, de lentísima
absorción e imposible solidificación.
Las culturas líquidas adoptan la forma del
vaso que las contiene: la sociedad en que se alojan.
El problema es que la sociedad nacional posmoderna
es un vaso contenedor que se resquebraja, tiene
filtraciones, gotea y amenaza con derretirse. La
masa de ciudadanos ìnormalesî, que no tiene un origen
ìextrañoî y que aparentemente no sufre problemas
de identidad comienza a parecerse a la condición
líquida de los ìotrosî. Diversos estudios
han mostrado que la individualización extrema
se asocia a una volatilidad de las costumbres y
a un carnaval de identidades cambiantes. Hay una
inestabilidad de empresas e instituciones que propicia
nuevas formas de trabajo. Muchas carreras laborales
tradicionales, enmarcadas en fábricas y oficinas
localizadas, centralizadas y jerarquizadas, son
sustituidas por circuitos de empleos sucesivos.
Ahora parecen carreras de obstáculos variables
sin continuidad, sin un final discernible y sin
localización estable. Al parecer un sector
imporante de los asalariados aborígenes y
de raíz antigua vive un estado de zozobra
en circuitos nomádicos. Por otro lado, es
sintomático que algunos empresarios hayan
expresado en el Foro Económico Mundial de
Davos a fines de enero del 2004 que el carácter
que podría llamarse líquido, desterritorializado,
viscoso y elástico de la organización
terrorista que encabeza Bin Laden pueda ser un modelo
de eficacia para las grandes corporaciones que necesitan
de estrategias flexibles para las fusiones y adquisiciones.
No deja de ser sorprendente que los empresarios
aprendan del terrorismo y que el proletariado tradicional
aprenda de los inmigrantes.5
En suma: la posmodernidad tiene la apariencia de
un extraño territorio seco, árido y resquebrajado.
La imagen de tierra baldía me parece adecuada.Quiero
terminar con unos versos de Eliot que parecen premonitorios.
Como se verá, sólo le faltó
mencionar Nueva York. Pero allí están
los salvajes enmascarados, las fracturas posmodernas,
la tierra sin fronteras, las urbes fantasmales y
las torres derrumbadas:
Qué
sonido es ése que se oye en la altura
Murmullo
de lamento maternal
Qué hordas encapuchadas son esas que hormiguean
Por llanuras infinitas, tropezando en las grietas
De una tierra limitada por el raso horizonte
Qué ciudad es esa sobre las montañas
Chasquidos y reformas y llamas en el aire violeta
Torres que se derrumban Jerusalén Atenas
Alejandría
Viena Londres Irreales6
Notas
1. The Waste Land, vv. 19-20, traducción
de Agustí Bartra.
2. Liquid modernity, Cambridge: Polity, 2000.
3. Cicerón, De oratore. Véase sobre
este tema el bello libro de Frances A. Yates, The
Art of Memory, Londres: Routledge & Kegan Paul,
1966.
4. Véanse al respecto las reflexiones de
Guillermo Zermeño, La cultura moderna de
la historia. Una aproximación teórica,
El Colegio de México, 2002, p. 132. 5. El
País, ìLos empresarios aprenden de Bin Ladenî,
23 de enero de 2004, p. 7.
6. The Waste Land, vv. 366-376. ®
*
Roger Bartra, antropólogo, es autor de
La jaula de la melancolía y de El
salvaje en el espejo, entre muchos otros estudios.
Su trabajo más reciente es El duelo de
los ángeles. Locura sublime, tedio y melancolía
en el pensamiento moderno (Valencia: Pre-Textos,
2004).
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