|
A
inicios del siglo xxi volvemos al siglo xix. Volvemos
a cualquier siglo. Volvemos a experiencias náufragas
con tal de no retar los dogmas que moldearon al
siglo xx. Ante el recrudecimiento de la xenofobia
estadounidense generalizada después del 11
de septiembre (y después de Nafta)
recobran protagonismo las teorías sobre lo
mexicano, el collar turístico de mitologías
reincidentes que parecen no querer abandonar los
patrones ideológicos (esos clichés
que simplemente salvan la vida) de la intelectualidad
oficial. Ideas que derivan de las posturas de Julio
Guerrero (el mexicano como criminal inmediato) hasta
Samuel Ramos (el mexicano como acomplejado adleriano),
de Michael Maccoby (el mexicano como Edipo extramamítico)
hasta la última versión del académico
Samuel Huntington. La mexicanología (Retro)
vuelve en... ¡¡¡DOS PRESENTACIONES!!! (por el precio
de una). (Devuelva la que no le convenza o convenga.)
(¡Usted elija!)
¿Samuel
Huntington o Enrique Krauze?
La revista mexicana Letras Libres ha dedicado su
número de abril del 2004 a refutar las
teorías de S. Huntington, autor de Clash
of Civilizations y de cuyo nuevo libro Who
Are We, la revista mexicana reprodujo un capítulo.
En El desafío hispano, según describe
muy adecuadamente el editorial de Letras Libres,
el
influyente académico Samuel Huntington ha
abordado esa urgente cuestión con argumentos
de orden racista que es necesario refutar. La emigración
mexicana, según él, representa una
amenaza al Estados Unidos blanco y protestante con
el que supuestamente soñaron los padres fundadores.
Ya que el mexicano es de plano inadaptable agrega,
Estados Unidos está en vías de fracturarse
en dos países, con dos culturas y dos idiomas
divorciados.
La revista dirigida por Enrique Krauze dedica
varios artículos de fondo y reseñas
a esta discusión. Incluyendo textos del mismo
Krauze, Stephen Schwartz, Tamar Jacoby y Jesús
Reyes Heroles la publicación lanza su equipo
ético contra Huntington. Su indignación
ante las ideas de Huntington es comprensible. En
su texto, Huntington advierte que la inmigración
mexicana se propone recuperar los territorios perdidos
en la guerra entre México y Estados Unidos
en el siglo xix y amenaza con volver al sur de Estados
Unidos un nuevo país que se unirá
con los estados norteños mexicanos, según
Robert D. Kaplan habitado por mexicanos que se
han negado a vivir bajo el inglés y los patrones
culturales angloprotestantes dominantes. Mexifornia
o MexAmérica, según Huntington, dirá
NO al American Dream; esos mexicanos terminarán
constituyendo el Quebec estadounidense, escindirán
la nación norteamericana en dos. Serán
su propio país.
¡1847
revisited! (un thriller político)
Huntington arguye que el crecimiento poblacional
mexicano en Estados Unidos y su falta de adaptación
al sueño americano (que según concluye, literalmente,
sólo puede soñarse en inglés) destruirán la cultura
estadounidense tal como se concibió: As One People
Under God. Es patente que su lógica es tan fascinante
y hollywoodense como paranoica. De hecho, su paranoia
es su única virtud. El resto es pseudoacademia (o,
mejor dicho, academia llevada a su últimas consecuencias:
mumbo jumbo) y mexicanofobia senil. Es patente también
que sus temores se deben a una realidad que él interpreta
desde su nacionalismo racista y a una visión unidimensional
de Estados Unidos.
No
se puede negar que la globalización (en todas
sus manifestaciones) está provocando desajustes
estructurales en las culturas. Está destruyendo
a algunas. Globalización es el multiproceso
de cómo unas culturas desean dominar a otras
sin que esta guerra sea visible, haciéndola
indistinguible de la realidad, es decir, globalización
= guerra total. El dominado no debe saberlo. El
dominado debe dudar de que está viviendo
dominación, debe incluso perder contacto
con el hecho de que él es parte de su propia
dominación. él mismo ha invitado a
Estados Unidos. Yo soy Coca Cola.
Vivimos intensos procesos de americanización
de la cultura mexicana y latinoamericana en general,
al mismo tiempo que Estados Unidos se está
mexicanizando. Sí, estamos ante una contradicción
y una paradoja que aún no podemos resolver,
porque quizá la solución es abandonar
estos conceptos, todavía anclados en el dualismo,
todavía dicotomías heredadas.
Huntington
es un racista pero no se equivoca en algo: efectivamente
hay una lucha entre culturas. Realmente está
ocurriendo y aumentará el conflicto entre
la cultura mexicana y la cultura estadounidense,
su contig¸idad no será inocente. Algo podría
suceder entre la serie de culturas que cada una
significa. Y no todo lo que puede suceder es fusión
americana. En la respuesta de Enrique Krauze al
texto de Huntington, el historiador mexicano acepta
el idiolecto del estadounidense. Si Huntington quiere
espantar a los estadounidenses (quienes, como Michael
Moore mostró en Bowling for Columbine, viven
en una cultura que sufre ataques de nervios por
la alteridad, una sociedad aterrada por miedos atávicos,
temor radical al Otro), Krauze intenta calmar los
miedos de Huntington apoyándose en una visión
falsa de la cultura nacional, especialmente una
visión estrábica de la cultura mexicana
en Estados Unidos. Krauze revive mitos que son tan
graves o más que los mismos mitos racistas
de Huntington. Su distorsión es abisal. Escribe
Krauze:
Huntington
alimenta la especie de que los mexicanos [...] abrigan
un agravio histórico que los migrantes, movidos
por el subsconciente colectivo, están a punto
de cobrar. La realidad es otra. Sólo una
parte de la elite política e intelectual
(de derecha hispanista, de izquierda marxista) ha
sido antiestadounidense. El pueblo, sencillamente,
no lo es. Y aun en las elites, la globalización
y la caída del Muro de Berlín atenuaron
de manera considerable este sentimiento [...] Los
más humildes intentar irse del otro lado
para ayudar a sus familias y construirse un mejor
futuro. Aunque entren por el desierto de Arizona
y no por la Isla de Ellis, su sueño americano
no es distinto del de los irlandeses, polacos, judíos
o italianos del siglo xix.
Krauze
niega que exista un sentimiento de reconquista
o cultura popular sobre los territorios perdidos
o su posible o utópica recuperación.
Krauze se equivoca tremendamente. Nociones chicanas
como la de Aztlán no sólo son formas
de reconstruir imaginariamente una nación
mexicana dentro de Estados Unidos, sino que además
la noción de Aztlán lo hace antecediéndose
en su imaginario a 1847. Aztlán es un reclamo
contra Estados Unidos y su ocupación, ¿por
qué Krauze olvida este ejemplo tan notorio
de las últimas décadas? Porque no
quiere invocar ninguna resistencia mexicana al modelo
monolítico estadounidense. No quiere despertar
la sospecha de que los mexicanos a veces desean
revertir la hegemonía estadounidense.
Además,
Krauze quiere ignorar que en la cultura popular
mexicana siempre ha existido un fuerte ingrediente
anti gringo. El antiamericanismo está presente
de manera muy consciente (no en el subsconciente
colectivo que Krauze invoca burlonamente) en la
población mexicana, sobre todo, en las clases
bajas. Cualquiera que conviva con ellas en la frontera
mexicana, por ejemplo, puede constatar perfectamente
esto. Todos sabemos que el mexicano se autoidealiza;
incluso, en su diferencia con el Americano Mecánico,
Pragmático, Frío, ha construido el
mito del Gringo detestable y caricaturesco, espiritualmente
inferior al Mexicano. Desde Pero Galín de
Genaro Estrada hasta las canciones de Molotov se
registra explicítamente esta definición
antiyanqui. La expresión misma de gringo
es ya la prueba de una crítica mítica
innegablemente enraizada en el pueblo mexicano acerca
de su vecino del norte. México, como una
buena parte del mundo, cuenta con una ideología
popular antiestadounidense. México no es
la excepción global.
Krauze, es comprensible, quiere borrar el antiamericanismo
popular que se manifiesta desde los chistes sobre
los gringos hasta el graffiti antiyanqui en el muro
metálico que divide a San Diego y Tijuana
para tranquilizar a Huntington. Sin embargo, al
intentar hablar desde su postura opuesta Krauze
se sale de la realidad y llega a postular ideas
insostenibles como su hipótesis de que el
antiamericanismo ha disminuido o se ha vuelto una
pose. ¿En qué planeta ha vivido últimamente
Krauze? Invoca la caída del muro de Berlín
porque no quiere aceptar que el optimismo y el relajamiento
de la crítica al capitalismo estadounidense
que esa época trajo no duraron más
que el libro dilettante de Francis Fukuyama. Si
algo derribó el 9-11 fue la caída
del muro de Berlín como Buena Noticia.
Sorprende,
sobre todo, que Krauze figure la migración
mexicana a Estados Unidos como idéntica a
la europea. Su violación de contextos es
inverosímil, insostenible. Primero que todo,
el mexicano que emigra al Norte no sigue un sueño
americano, esa categoría no existe para
nuestra cultura. (¡No existe ya siquiera para muchos
sectores estadounidenses!) Los mexicanos no emigran
a Estados Unidos bajo ese concepto. Cualquier especialista
del tema lo sabe. No hay ese horizonte en el imaginario
del migrante. Su idea del progreso es otra a la
del Sueño Americano, porque o implica el
Regreso a México o implica darse cuenta de
que el sueño americano es una bobería.
Al contrario de lo que afirma Krauze, las razones
por las cuales los judíos inmigraron a Estados
Unidos son muy distintas de las nuestras. La recepción
que esa sociedad ha concedido a estos dos grupos
de migrantes es enteramente distinta. Por este último
hecho la equiparación de Krauze resulta absurda,
intelectualmente injustificable. La experiencia
de migración, su mito, se construye no sólo
desde el viaje hacia, sino desde, sobre todo, la
recepción. Y Krauze borra este pasaje.
Krauze
es víctima lógica de su proyecto de
mostrar a Huntington que la migración mexicana
es inerme. Este proceso no causará, según
él, ninguna transformación radical
o desquebrajamiento del modelo americano. Krauze
falsea la cultura mexicana hasta exhibirla sosegada.
Para apaciguar el temor estadounidense de una cultura
mexicana que puede llegar a dominar ese territorio
aunque sea en el nivel del imaginario apacigua
a la cultura mexicana hasta volverla idílica,
alicaída. Para demostrar que el mexicano
que vive en Estados Unidos la mayoría demográfica
que será en estados como California, donde
los blancos serán un minoría desplazada
por las distintas poblaciones mexicoamericanas
Krauze argumenta que el mexicano, por el contrario
de lo que teme Huntington, se asimilará a
la cultura estadounidense, se integrará al
melting pot.
Los
mexicanos entienden bien las ventajas de la mezcla
porque, desde hace siglos, su cultura es inclusiva.
El mestizaje es el genio particular de México,
país donde lo indio y lo español,
con sus múltiples variantes, se han mezclado
con admirables resultados.
¿En qué México habrá
vivido Krauze? ¿Acaso confundió al
país con uno de sus documentales? Desgraciadamente,
México no es una cultura primordialmente
inclusiva. El mestizaje no fue el genio particular
de México sino un proceso sangriento que
costó una tragedia humana, cuyas víctimas
millones de indígenas hace palidecer al
Holocausto. El proyecto que construyó al
actual México fue un proyecto genocida.
Los admirables resultados de la fusión,
además, se pueden ver muy claramente, supongo,
en Chiapas o en el racismo sistemático del
mestizo hacia lo indígena, del que no hay
que citar pruebas, porque es omnipresente. México
es también una nación terriblemente
racista; como lo apuntaba Bonfil Batalla, México
es un país dirigido por proyectos fundamentalmente
excluyentes. El retrato romántico que Krauze
ofrece de México no sólo es una simplificación
y, a su vez, una negación poco responsable
éticamente acerca de las luchas de los sectores
excluidos del proyecto nacional mexicano y de las
luchas mexicoamericanas, sino también una
evidencia espuria de que los mexicanos optarán
por asimilarse en Estados Unidos.
Citando
toda la historia de México para probar que
somos inofensivos, Krauze nos desfigura, nos vuelve
una nación pasiva, una cultura que ni se
conserva a sí misma hasta la muerte ni puede
sobreponerse ni, menos aún, como una cultura
que pueda desafiar o invadir a otra cultura contigua.
¡El mexicano es el Vecino Ideal! ¡Olvida que lo
has invadido! ¡No guarda rencores! ¡Tener un vecino
mexicano es mejor que tener un jardinero ilegal!
Para Krauze lo único que sabe hacer México
genialmente es perderse en el otro, mezclarse
o derivar Nuestra Identidad del Genio del Mestizaje
(encontrar el mapa de Estados Unidos en una tortilla).
Privilegiar al Mestizaje como el Rasgo Clásico
del Mexicano, como su Sello Personal, y todo lo
que no sea Mestizo no es enteramente mexicano, no
se ha cumplido. La Raza de Bronce (Exported). ¿Alguien
dijo Vasconcelos Ya Dijo Esto?
El mestizaje para Krauze no es un conjunto de contradicciones
o mutuas contraconquistas sino, meramente, una entrega
o abandono (de modelo sexual) en donde los mexicanos
perderíamos el español pero conservaríamos
los frijoles y la Virgen de Guadalupe. Señor
Gringo, por lo tanto, no tiene de qué preocuparse.
Nos portaremos como buenos mexicanos serenos. Prosigue:
La cultura mexicana no amenaza a la estadounidense.
Los mexicanos no son el enemigo adentro:
simplemente son muchos y muy pronto serán
más. Buscarán mezclarse con la cultura
estadounidense [...] y asimilarse a ella en los
aspectos esenciales: el idioma, la economía,
la política, la obediencia a las leyes y,
a mediano plazo, el matrimonio. Mantendrán
diferencias en otros aspectos: añorarán
por una o dos generaciones su tierra de origen;
se aferrarán sabiamente a su cocina, tan
rica y variada como la hindú o la china;
seguirán profesando su catolicismo y celebrarán
las fiestas del calendario cívico y religioso
[...] ¿Dónde está el problema?
Ya quisieran Francia y Alemania este tipo de migrantes.
Los
mexicanos en Estados Unidos no son el enemigo dentro,
es cierto. Pero tampoco son muchos y más
pronto serán más, no son una mera
masa en reproducción imparable ¡The Make
Over of the Grey Astrosa! o mero aumento cuantitativo
sin ninguna implicación cualitativa dentro
de la sociedad en que esas masas se reproducen.
Es evidente que la cultura mexicana podría,
si así lo decide, hacer que Estados Unidos
sea sustancialmente diferente. Los mexicoamericanos
podrían alterar todo el esquema estadounidense.
Krauze quiere ofrecer la imagen tranquilizante de
un mexicano pasivo y que nunca se subleva, como
algunas veces la ofrecieron los que creían
que defendían a los negros de ser una raza
que se reproducía descontroladamente y era
una amenaza cualquier parecido con los argumentos
de Huntington no es una casualidad, argumentando
en su defensa que los negros eran pacíficos,
sobre todo pacíficos, incapaces de sublevarse
o exigir un cambio radical en Estados Unidos. ¡Los
negros no protestan! ¡Se asimilarán a la
sociedad blanca! ¡No guardarán rencores!
Al contrario, harán rock, blues y jazz.
Los
descendientes de aquellos negros, arrancados de
su tierra, despojados de su cultura [?], su libertad
y hasta de su elemental dignidad humana, crearon
la explosión de música popular más
grande, saludable, novedosa y más emulada
de la historia. Una forma de cultura dominante llevada
a cabo por una raza dominada.
No
quiero ni comentar la inexactitud de esta interpretación
de Krauze, su visión del afroestadounidense,
la manera en que trivializa su resistencia. Amiri
Baraka, el escritor negro y musicólogo, no
podría leer esto, porque ofende a toda una
historia de lucha. Lo mismo hace Krauze con el mexicano.
Su visión del mexicano como ser inofensivo
en oposición al monoling¸e y ocioso Calibán
que Huntington imagina depara en Buen Salvaje,
ese mito tonto de Rousseau. El mexicano, según
Krauze, no molestará al orden estadounidense
pues se integrará en lo esencial y sólo
conservara su comida y su catolicismo. En el resto
cooperará con la Suprema Democracia. ¿No
es la vinculación a la comida uno de los
mitemas de la antropología mexicanológica
más avejentada?: el Mexicano como Ser Ligado
Esencialmente a la Cocina. El realismo mágico
del tamal, The Big Enchilada, Como agua para chocolate
vuelta metafísica-al-rescate: ante un desastre
nuclear, el mexicano pierde hasta la voz pero salva
a toda costa su mole poblano.
Y su virgencita. Fast Track hacia el País
Pueril. (Cualquier semejanza con Santitos no podría
ser obra del azar.) Y es que el mexicano que perdió
todo su fundamento (comenzando por el idioma) se
vuelve, como atina Krauze, un ser patológico
que se refugia en el consumo (la comida) que llena
el hueco de su pérdida, el vaciamiento de
su ser. Es pavoroso que Krauze defina lo mexicano
en vínculo protagónico con lo culinario,
que sería según él lo más
importante que el mexicano conservará cuando
se sincretice en el idioma, la economía,
la política, la obediencia a las leyes.
¿No se da cuenta de que el modelo de integración
que propone no podría ser una cultura saludable?
Lo que Krauze está describiendo es la enajenación
misma, el mal que precisamente aqueja al estadounidense,
refugiado en su dogmatismo religioso y en la obesidad
alimenticia ante la pérdida de perspectiva
de su identidad verdadera, ¿esto es lo que
recomienda al postmexicano? éste es uno de
los puntos más débiles de la defensa
de Krauze, desde el cual muestra su dependencia
de la mexicanología más estereotípica
y que vuelve a utilizar cuando asegura: Ya quisieran
Francia y Alemania a este tipo de migrantes [es
decir, los migrantes mexicanos, según Krauze,
causan menos ëproblemasí que otros, no quieren alterar
nada, no son problemáticos o transgresores
de la ley, cof cof]. ¿Los ha visto Huntington?
¿Ha hablado con ellos? Ahí está
la inmensa mayoría, en los restaurantes de
Manhattan, las calles de Queens o los domingos en
Central Park. Silenciosos, obedientes, cautelosos,
pacíficos (sobre todo pacíficos)...
Krauze construye el Mexicano como ser benevolente,
que no causará ningún problema al
reino: noble, buen sirviente, si el amo escucha
un ruido cerca de su casa y pregunta Whoís there?,
el mexicano (llamado Juanita) responde:
Nadie,
Mister, soy nomás yo. No vaya Asté
a creer que soy Freddy Krueger o Chucky. Al contrario,
su Mister Mercé, vengo a pedirle que me enseñe
a decir Yes. (Véase El laberinto de la soledad
versión Diet Coke.)
Silencioso, obediente, cauteloso, pacífico
(sobre todo pacífico). ¿A dónde
quiere llegar Krauze: a la imagen del Indio Indefenso,
del Mexicano Sumiso. Quiere llevar ese mito de la
mexicanología directamente al Personaje del
Nice Migrante. Por eso Krauze lo imagina (a su inmensa
mayoría) en los restaurantes de Manhattan
o los domingos en Central Park. La visión
idílica del mexicoamericano de Krauze traslada
el mito del mexicano sumiso a Estados Unidos. ¿Hay
algo más kitsch y pusmoderno? Ni la India
María intentó hacer esto.
Lo
peor de todo es que Krauze ignora la propia Historia,
¿dónde queda la intensa lucha chicana,
a la que se puede señalar de equívoca,
pero nunca de silenciosa, obediente, cautelosa,
pacífica, que se ha venido dando desde
los años sesenta e incluso mucho antes? Krauze
la ignora; él quiere imaginar al mexicoamericano
o al migrante mexicano en USA como un ser que no
causará ningún problema al imperio,
cuya cultura desaparece excepto en lo culinario,
y que pasa a ser un Buen Salvaje tomando el sol
en Central Park. No tienen nada de qué preocuparse
sus amos, mecsicano es our friend. Mecsicano no
marcha. Ni siquiera en el punto álgido de
la impopular guerra de Iraq no hubo en México
concentraciones mayores. Mecsico No Protesta. Krauze
cita como prueba de la falta de un espíritu
de reconquista o animadversión antigringa
la falta de atención que Venustiano Carranza
concedió al telegrama Zimmerman en el cual
Alemania supuestamente prometía a México
devolverle sus territorios perdidos si colaboraba
en la guerra contra Estados Unidos, pero olvida
el elemento antigringo de la matanza de Pancho Villa
en Columbus y aun el desprestigio en que cayó
el magonismo debido a su alianza con filibusteros
estadounidenses durante sus actividades anarquistas
en la península de Baja California. Krauze
quiere desdibujar el antiyanquismo que ha constituido
buena parte del imaginario popular mexicano.
En su afán de proseguir una mitología
arcaica y reflejar su propio conservadurismo, Krauze
despolitiza al mexicano en relación con Estados
Unidos. Descarga al mexicano de cualquier memoria
histórica, lo trivializa como un ser sin
complejidad política. Lo propone como un
ser fundamentalmente asimilable. Advierte a Huntington
que sus temores no se volverán reales: el
mexicano, donít worry, dejará atrás
lo medular de su cultura (bye bye Spanish) y tan
solo añorarán por una o dos generaciones
su tierra, but thatís all, ok amigo? Nuestra relación
is never going to be bilateral, got it?
¿Se
dará cuenta Krauze de que su visión
del postmexicano es la misma que tiene McDonalds?
Para McDonalds también el mexicano abandonará
todo, excepto el Mc Burrito a la mexicana. Heredero
del autor de El laberinto de la soledad,
Krauze es más paceano que Paz. Si bien Paz
colaboró como han señalado Roger
Bartra y Carlos Monsiváis con la continuación
de la mitología de la mexicanología
naÔve o racista delineando al mexiicano como ser
hosco, recluido, que se esconde hasta de sí
mismo, cabizbajo la misma visión que describe
al mexicano como el Indio Sombrerudo Sentado Junto
al Nopal, Paz, a la vez, recordaba la violencia
del mexicano, sus estallidos intermitentes, su movilización
en la Fiesta o en la Revolución. Krauze,
en cambio, sólo retrata a su Mexicano Arquetípico
como ser pacífico, sobre todo pacífico,
incapaz de mostrar resistencia o sublevarse contra
la cultura estadounidense que lo oprime, incapaz,
diosmío santo, de rechazar el Melting Pot.
Es un casi-cobarde.
¡The New Gutierritos!
Calibán
y Buen Salvaje son versiones polares de un mismo
mito. Queriendo refutar a Huntington o, mejor dicho,
disuadirlo de su pesadilla paranoica, Krauze reincide
en el mito del mexicano domable, del Indio Sumiso,
del ser que sólo quiere esperar que caigan
los cocos o pasear los domingos, del incapaz-de-ser-revolucionario,
de aquel que ningún riesgo representa para
el Dominador y, por lo tanto, sus profetas paranoicos,
como Huntington, no tienen de qué preocuparse,
porque si Huntington conociera a los mexicanos se
daría cuenta de que son unos lindos changuitos,
inofensivos empleados de cocina o paseantes dominicales
a quienes hay que acariciarles el pelo por bien
portados. En su delirio racista, Huntington, sin
embargo, reconoce el poder de la cultura mexicana
para ubicarse como igual, no dejarse asimilar o
incluso superar a la estadounidense; Krauze, en
su deseo de vender la imagen de México Manso,
de un Migrante-Que-Acata vuelve al mexicano un dominado
pusilánime. Enrique Krauze es uno de los
intelectuales más influyentes en el país,
pero es evidente que su visión de México
es errónea por retro-metafísica. Es
evidente, también, que no se da cuenta de
que su mitología es el perfecto complemento
del racismo estadounidense. El otro lado del dólar.
Nunca pensé decirlo: por favor, alguien traiga
de vuelta a Octavio Paz. ®
*
Heriberto Yépez (Tijuana, 1974). Es catedrático
de las Escuelas de Artes y la de Humanidades de
la Universidad Autónoma de Baja California.
Ha publicado seis libros, el más reciente
es la novela El matasellos (Sudamericana, 2004).
La dirección de su página personal
de internet es
www.hyepez.blogspot.com .
|