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Magali
Tercero narra sus peripecias en una de las urbes
más conflictivas del mundo y de paso realiza un
profuso diagnóstico de la, pese a todo, entrañable
Ciudad de México. Secuestradas por políticos estragados
por la corrupción, la mezquindad y la molicie, y
por delincuentes de toda laya, las calles de esta
ciudad aún respiran con vitalidad y deseos de cambiar.
La
inteligencia es sexy
ì¿Usted cree que quiten el Cuauhtémoc?î, pregunta
el taxista. La estatua está frente a nosotros, gris
y oronda como casi todos los consagrados de nuestra
historia. Una o dos cuadras atrás, rumbo al Zócalo,
hemos dejado un enorme edificio en proceso de construcción
que albergará la Secretaría de Turismo del Gobierno
del Distrito Federal: una mole de concreto que parece
hablar a gritos del país de las metas nunca cumplidas.
Avanzamos por una Avenida Reforma en plena remodelación,
con pasajes enteros obstruidos por bardas efímeras
que anuncian diversas obras públicas. Este domingo
hemos pasado la mañana en el centro. Una jornada
que incluye homenaje literario en Bellas Artes a
José de la Colina y exposición en Ex Teresa, espacio
alternativo oficial ue tiene los días contados (¿quién
dice que alternativo y oficial son cosas distintas
en este mundo elástico?). ìéste es un país desoladoî,
dice una amiga que en estas ocasiones parece hermana
de la snob compañera de baile de Peter Sellers en
la Lolita protagonizada por Sue Lyon.
Lo que me intriga es la pregunta lanzada dos cuadras
antes de la glorieta del Cuauhtémoc desde una tapia
blanca: ìCasas sin gente. Gente sin casa. ¿Qué pasa?î
Ya regresaré a averiguar de qué va esta pinta de
tensa caligrafía. ¿No es un poco una metáfora de
este país? ¿Hasta cuándo? Ajeno, el taxista habla
sin parar. ìVirgen María yo no quería; San Judas
una vez nomás; Virgencita nomás la puntitaî, recita
no sé si en referencia a nuestros perredistas orgullosamente
medio corruptos o al día de San Judas que se celebra
en la Iglesia de San Hipólito, junto al Metro Hidalgo.
Desde la ventanilla veo lo más granado de un pueblo
devoto: niños con estampitas en la mano, mujeres
con pañuelos en la cabeza, comerciantes que han
puesto su mercado especialmente para esta jornada.
ì¿Qué milagro le pediría al santito?î, pregunta
el hombre, cuyo atavío dominical consiste en una
impecable camisa blanca lavada cientos de veces,
un pantalón gris y gafas de fondo de botella. Ante
mi silencio (causado por el recuerdo repentino de
un público cinéfilo llorando con vehemencia a la
salida del Diana por culpa de Mel Gibson), este
chofer de cabello cano se inclina peligrosamente
sobre el volante, achicando los ojitos para ver
mejor el polvoso camino en esta tarde de nubes grises
e intenso bochorno.
ìEntonces... ¿no me va a decir qué milagro pediría?
¿Que nuestros políticos dejen de robar?î José Renato
Sáenz quiebra abruptamente el ritmo de mis pensamientos.
Yo iba en otra avenida, como dirían los gringos.
Claro, la inteligencia es sexy, por eso ímaz y López
Obrador se ven tan desagradables últimamente; los
videos de Ahumada han exhibido una zona muy deficiente
de su inteligencia. Veo al taxista como si me hallara
detrás de un cristal empañado, lo oigo desde muy
lejos: ìEl 2000 fue el año de mi desgracia. Recortaron
personal en la compañía de construcción donde trabajé
35 años. Entonces agarré el taxi.î ¿Cuántas veces
he oído lo mismo? El gremio se ha transformado con
el desempleo y administradores, contadores, comerciantes
medianos y obreros calificados han ingresado a sus
filas.
¿Por
quién piensa votar en el 2006?, le pregunto al taxista.
ìJorge Castañeda es rico y no va a necesitar robar,
aparte de que es académico y le sabe a la políticaî,
responde. Cómo andarán de revueltos los tiempos
que ya nadie recuerda cuánto abogó Castañeda porque
México apoyara la guerra de Irak. Me viene a la
mente la plática que sostuve hace una semana con
una poderosa empresaria sinaloense de 75 años: °vaya
mirada fulminante la suya cuando me atreví a cuestionar
la parálisis económica del sexenio foxista! ìYo
mejor te cuento del pasadoî, me dijo con parsimonia
norteña. ìDe cómo Lázaro Cárdenas se dedicó a repartir
miseria cuando le regaló la tierra a tanta gente
ignorante y floja que no quería trabajar. De cómo
México dejó de exportar trigo y ahora tiene que
importarlo porque Echeverría se apropió de las mejores
tierras de Sonora. De cómo José López Portillo supo
gobernar a las mil maravillas los tres primeros
años y luego acabó con todo.î La vieja dama de negocios
y el taxista coinciden. La emprendedora norteña
repite de manera obsesiva: ìClouthier era mi gallo.
Hizo su riqueza como empresario de éxito. Ahí no
había tentaciónî. Y el taxista insiste machaconamente:
ìSí, Castañeda para presidente porque es rico y
no necesita robarî.
En
este momento ignoro que el 17 de mayo estaré en
una reunión organizada en la casa del cronista de
sociales Nicolás Sánchez Osorio para que Jorge Castañeda
discuta su programa de cultura con una treintena
de periodistas. Predominarán las preguntas políticas:
si va a formar un partido, si teme que Slim se lance
como candidato, si se lleva bien con Elba Esther
Gordillo y si va a acordar algo con ella dado su
poder en el snte (la educación: tema central en
su proyecto). La cultura, como siempre, queda para
el final, esta vez por culpa de cronistas y periodistas.
Apenas se menciona a Sari Bermúdez y las becas para
artistas. Lástima, me quedé con ganas de oírlo,
es un político de inteligencia fina, imaginativa.
Foxilandia, Perredelandia y Prilandia desaparecen
del mapa por un momento. Un mes después Enrique
Serna le dirá a Fernanda Tapia que las becas del
Sistema Nacional de Creadores fueron una estrategia
para combatir la nutrida adhesión de los intelectuales
al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en el México de
1988. ìCrearon un ambiente desagradableî, afirma
el autor de El miedo a los animales, una sátira
sobre el medio intelectual.
Aquel
que odia a las mujeres odia en realidad a su madre
ìNada bueno puede salir de una mujerî, establece
con viril convicción un atractivo hombre de unos
45 años. Lo acompañan su esposa, otras dos parejas
y tres niños que juegan a ser tigres y se deslizan
rugiendo entre las mesas. Después de escuchar su
breve argumentación para explicar que él ìtambién
es machínî, una de las mujeres, sorprendida quizá
por esta inusual confesión en un entorno ìintelectualî,
le dice: ìNunca te pensé asíî. Toca una cuerda sensible.
El statement schonpenhaueriano del hombre comunica
algo más que ira: ìNada bueno puede salir de una
mujerî, repite con énfasis. Puta madre. No hay intimidad
en La Fondesa, con las mesas tan pegadas entre sí
se oye todo. Las facciones de ella se endurecen
al tiempo que algo muy sutil se marchita dentro
de mí, testigo involuntaria. Entonces interviene
la que parece la cuñada: ìTodo aquél que odia a
las mujeres odia en realidad a su madre. La misoginia
es culpa de la madreî, dice con serenidad. Estoy
de acuerdo. Marguerite Duras siempre dijo que la
madre es la loca de la casa. Aunque mis estadísticas
fallan mucho más que las de gea, hasta ahora todos
los hombres de conducta chafa que conozco óactores
de toda clase de secretas perfidias femeninas, cobardemente
ejecutadas contra las mujeres, aprendidas de sus
mamás, desde luego, tienen una madre seductora y
temible que manipula las emociones de los hijos
y los tiene en angustia permanente, deshojando margaritas
mentales: ìme quiere, no me quiere...î
Tunick y la Coca-Cola del XXI
ì¿Estás seguro de que esto es mejor que Disneylandia?î,
pregunto a Rubén Bonet, escritor que considera un
parque temático a aco, la Feria de Arte Contemporáneo
que a mediados de mayo reunió cuarenta y tantas
galerías internacionales para mostrar un poco de
arte globalizado en México, el país invitado para
el 2005 a la feria española de arco. Bonet dice
que sí. La percepción general de que la feria está
desangelada lo motiva a explicar que es lo que es:
un parque temático organizado para vender no propiamente
arte sino los productos etiquetados como arte contemporáneo
que él califica ólejos de la ironía y la irritación
que mueve a otros ante estos temasó como ocurrencias.
ìEs divertido. ¿Por qué no?î, pregunta.
Tardíamente,
como siempre, México tiene ahora mismo la oportunidad
de subirse a la cresta de la ola del arte contemporáneo.
¿O es casualidad que el neoyorquino Spencer Tunick
haya elegido el DF como escenario de su próxima
instalación-performance-fotovideo documental con
miles de encuerados? ìEs una experiencia física
nueva el estar acostado, parado, entre dos mil o
tres mil personas desnudasî óme dice Tunick en el
stand de su galeríaó, ìes un punto de vista nuevo,
no está en ningún lado, puedes ver la idea en una
revista o en la televisión, pero participar...î
él lo llama introducir a la gente en la mentalidad
contemporánea. Yo lo llamo destapar la Coca-Cola
del siglo xxi óme refiero a ese °aaah! delicioso
que sale de nuestras gargantas cuando el oscuro
jarabe, cuyo sabor hemos anticipado, sale burbujeante
de la botella. Es también dar una forma más sofisticada
al himno a la alegría que esta empresa refresquera
puso en escena durante años con su publicidad en
torno a las utopías colectivas de felicidad y comunicación
espiritual. Con ìproductos etiquetados como arte
contemporáneoî Bonet se refiere a algo que todavía
está por nacer y tomar su lugar en el mundo. Tunick,
cuyo objetivo es ìdignificar el cuerpo humano como
obra de arte y celebrar la vidaî, produjo imágenes
únicas de la especie humana óseguramente algunas
ya son iconos para la posteridadó pero se mediatizó
y mercantilizó demasiado pronto, incluso para la
velocidad del arte actual. Hay que comparar el ìviva
la gente/ la hay donde quiera que vasî con esta
confesión de un afiebrado internauta sobre su participación
en uno de los displays de Tunick: ìEn nuestra gloriosa
desnudez fuimos pastoreados al corazón de la ciudad
y, a una palabra suya, nos dejamos caer sobre el
asfalto. Cinco mil caras de felicidad también cuentanî.
Salgo de la feria con ganas de caminar por Reforma.
Olvido que el DF nunca ha sido, al menos para mi
generación, una ciudad para caminarla. Al llegar
a la gran avenida me topo con los trabajadores que
están remodelándola. Las entrañas están a la vista,
tuberías en reparación, máquinas perforadoras, agujeros
por todas partes. En dos minutos los zapatos quedan
hechos un asco. Dos turistas atorados en un cruce
incruzable, delante del Fiesta Americana, me ven
azorados. °Help, help!, claman sus ojillos de piedra
deslavada. Experimento idéntica impotencia. °Y cómo
hay mierda de perro por todas partes! Lo peor: se
trabaja y se gasta para afear Reforma lo más posible.
La
infección
ìEsto
es un vodevil...î, me dice el taxista, un hombre
robusto mayor de 65 años. Peina una coleta canosa
que yo veo de un ridi tremendo aunque él dirá, tal
vez, que con mis anteojos de pasta negra la ridícula
soy yo. En la radio alguien menciona a René Bejarano
repetidamente. Harto, mi interlocutor extiende el
brazo y corta la palabrería. En abril la revista
Letras Libres causó polémica con su propuesta de
ordenar la Babel mediática de estos días con debates
televisados y radiados. Justo en la feria encontré
una revista portuguesa, W Art, de donde extraigo
una cita para estos tiempos: ìEl hecho de que la
gente sienta la necesidad de oír noticias varias
veces al día es ya un signo de angustiaî. El taxista
me extiende una credencial de residente expedida
en Georgia, Estados Unidos. ìMe fui para allá en
1979, buscando mejorar mi economía, y ahora que
me jubile me regresoî, dice. No le ha ido mal: tiene
tres taxis en México, trabaja uno de ellos cuando
viene de visita, sus hijos y nietos están muy bien
en Georgia, pudieron comprar casa en los dos países,
han vivido cómodos, la segunda generación fue a
la Universidad... pero él quiere volver a la querencia.
ìDicen que estoy loco. Usted, sinceramente, ¿cómo
ve el DF?, porque yo de todos modos me regreso.î
Pospongo un poco la respuesta porque he visto varias
veces cómo, contra todos los pronósticos, la gente
regresa a su tierra. Finalmente le digo que lo más
probable es que termine volviendo a Georgia. Ya
no se va a adaptar al DF, pero necesita averiguarlo
usted, no hay de otra. A medio eje nos rebasa por
la derecha una silenciosa patrulla que va en sentido
contrario, recorriendo a toda velocidad el carril
destinado a los autobuses. él se altera. ì¿Sabe
qué pienso de México? Que la indolencia es nuestro
peor mal. No deja que hagamos nada bueno por el
país. Es como una enfermedad. Por eso faltan conocimientos,
tecnología. La gente no trabaja más que lo indispensable
y mal. No se ofenda, ¿eh?î No, no me ofendo. Tiene
razón. ìEs tristeî, decimos los dos a coro. El chaparrón
arrecia. Yo lloro, tú lloras, nosotros lloramos.
Tomé el taxi al salir de una clase de baile afrocubano
que dura tres horas. Mi asombro de hoy, aparte de
todos los pasos complejos del guaguancó, es que
me gusta, me encanta, la seriedad del instructor
cubano ante su tarea. Sólo que la disciplina no
basta para hacer un gran país. ®
*
Magali Tercero (mtercero20@hotmail.com) es cronista
y editora. Coautora de los libros La nueva crisis
de México (Aguilar, 2002), Alberto Gironella e Imaginario
(Landucci, 2003), colabora en varios suplementos
y revistas culturales. Obtuvo la beca Rockefeller
por Crónica de la frontera.
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