Cuando artistas, intelectuales, turistas y sociólogos de ocasión van al Zacazonapan los parroquianos habituales desaparecen. Sin embargo, este bar tijuanense no pierde su sordidez ni su “encanto”...

En la zona norte de Tijuana sólo hay un lugar seguro para inyectarse heroína: el camellón de la Avenida Internacional. Es conveniente porque los carros pasan a toda velocidad en ambos sentidos y sirven de barrera para que no llegue otro junkie a dar gane con el fix. Ahí se les ve a cualquier hora, picándose los pies y los brazos, sentados en el camellón, aguja en mano. Después corren hacia el norte, a la ridículamente enorme canalización del pequeño río Tijuana, y se tiran ahí a vivir un rato de calma frente a la border patrol que los vigila desde el otro lado. El norte del bordo, ya Estados Unidos, muestra una parte de San Ysidro que fue abandonada por los migrantes debido a la excesiva vigilancia, pero ha sido retomada por los duty frees y los outlets donde los tijuanenses de clase media compran camisas en Banana Republic mientras beben non fat-mochas de Starbucks, tan ávidamente como al sur los cricos aspiran cristal-meth de un foco pegado a la boca que se prende y se apaga como una luciérnaga.

Por la zona norte pasan con los ojos cerrados los que pretenden borrar la leyenda negra de Tijuana. La imagen de urbe vanguardista, paraíso maquilador, ciudad “más visitada del mundo” y demás patrañas, queda por los suelos en la zona norte. Colindante con la Avenida Internacional, llena de mierda junkie y de picaderos a flor de calle, la zonaja tiene como última gracia el edificio municipal del pri, lugar que regularmente luce en el más crudo abandono: vidrios rotos tapados con triplays, el patio trasero convertido en un lugar inmundo que despide el hedor propio de las letrinas y que en tiempo de elecciones (como las que acaban de pasar: Jorge Hank Rhon ganó recientemente la presidencia municipal de Tijuana; su lema de campaña fue “Para resolver la inseguridad, a mí no me va a temblar la mano”) recibe una espesa capa de pintura, ventanas nuevas, se lava la barda, en fin, se le da su manita de gato para poder hacerla de cuartel general de un partido que no ganaba una elección desde que en 1989 el estado fue arrasado por el pan (Baja California fue el primer estado con un gobierno de “oposición”).
Al sur, a un par de cuadras, el callejón Coahuila (mejor conocido como “Cahuila”) y la calle Primera reciben hombres en busca de cantinas, mujeres y hoteles baratos. Las tienditas se disfrazan da abarrotes y de bares. Se huele el peligro tan fuertemente como los pescuezos de pollo crispy fried, platillo típico de esta zona de la ciudad. La intensidad del olor a grasa de pollo rancia anticipa la presencia del Bar Zacazonapan.
El escenario desde afuera es tan gris como casi cualquier parte de Tijuana. La esquina entre Primera y Constitución puede pasar inadvertida con facilidad; las notas de color son dadas por labios Jordana y minifaldas de spandex. Un individuo de aspecto antisocial (como describe la nota roja de El Mexicano), duerme en la acera. Un muro parduzco se interrumpe en un hoyo rectangular. Tras el hoyo se descubre una escalera de concreto y desde el fondo llaman tímidamente los acordes de alguna canción de Pink Floyd. Los muros que flanquean los escalones anuncian la música que se toca adentro: Janes (sic) Joplin, Robert Plant, Led Zeppelin, Pink Floyd. Un feliz gusano blanco de cabeza burbujeante guía hacia el interior. Del techo cuelga un gran objeto de tela y alambre relleno con luces navideñas. Podría decir se que simula un condón.

La fauna que habita el lugar examina a los recién llegados, en este caso un par de amigos con finta de agentes ministeriales y yo. El mesero nos muestra la barra, un letrero de carnicería anuncia la especial: “Cahuama Pacifico 30 pesos”. Optamos por la siguiente opción, Modelo en lata. La rockola va de Control Machete a Nirvana, luego a Santana, la concurrencia se relaja. Sobre la cabeza del cantinero un ventilador intenta disipar el humo de marihuana estancado en el aire. El vecino de banco se da un pase con una tarjeta del Blockbuster. Al fondo, cerca de los baños sin agua, una pareja comparte un foco. Se acercan dos mujeres con faldas cortas y cicatrices de cesárea al descubierto, flaquísimas, bajitas, ancianas de treinta años: cuerpos desnutridos desde antes de nacer. Me refugio en la lata de Modelo. Una de ellas me toca el hombro, no habla, se lleva la mano a la boca como pidiendo comida. Su boca iguanesca no tiene dientes. Su amiga sonríe mostrándome la cara de chile seco, un diente solitario aferrado a sus encías.

El cantinero nos invita a la muestra de piezas de “arte instalación” que tendrá lugar en un par de días. Nos retiramos sacándole la vuelta a un balde lleno de agua con Fabuloso de Lavanda. Un hombre friega la loseta con un mapeador. La exhibición es un éxito, el bar se llena de artistas, posers, groupies y amigos que se mezclan con familiaridad y precaución entre los regulares del Zaca. El cantinero invita algunas caguamas, los meseros se muestran amigables. El Zaca que vi antes no se parece en nada a esto, transgredido por fuereños de clase media atraídos por la pequeña Amsterdam ócomo algunos lo llamanó el Zaca se convierte en un lugar cool. Piezas de arte en las paredes, proyección de fotografías en una pantalla, arreglos de flores artificiales en las mesas (también parte de la exhibición). Alguien reparte antifaces con plumas y diamantina y poemas envueltos en hojas de tamal. La muchedumbre artificial provoca que algunos locales se retiren. Por primera vez nadie siente temor de sacar su cámara. El Zaca se puebla de paparazzis. Una cholita baila entre flachazos equilibrando una caguama en la cabeza. Otra cholita que trabaja como mesera baila enloquecida, hace splits en el suelo, corre en círculos posando para una cámara de video. Los meseros intentan sacar a un perro pero desisten cuando alguien les explica que es de uno de los invitados.

Cerca del baño un tipo desmenuza cien gramos de mariguana sobre la formaica roja de la mesa; a su lado la misma pareja de antier comparte un foco. Atrás el trapeador y la cubeta con el Fabuloso aroma lavanda esperan a que se intensifique el olor a marihuana para entrar en acción. En la barra un hombre joven, clean cut, camiseta blanca, gel en el pelo, me proporciona datos históricos: “El Zacazonapan se llamaba originalmente El Gusano, yo creo que porque la escalera parece un gusano, o no sé por qué [...] El que pintó la entrada ya se murió, era un amigo de mi hermano [...] Se abrió en junio de 1975, este junio cumplirá 29 años”. Sin que le pregunte, me dice que la mariguana es para que la gente esté más a gusto. Se distrae, alguien lo llama desde la puerta. “Con permiso”, me dice, tocando delicadamente mi hombro. Lo sigo con la mirada, a media escalera se ven las botas de un policía, intercambian palabras amables, suben juntos a la calle sin prisa, dan la impresión de ser viejos conocidos. El mapeador esquiva los pies de los pocos que bailan, la gente artificial se desvanece, los regulares recuperan el espacio, la euforia en la barra disminuye. El perro ha desaparecido. Es la media noche del miércoles. Mi vecino de banco muy educadamente me dice que está en un dilema: no sabe si voy a ofenderme si me invita de su pipa o si no lo hace. Esta noche todos son amigos de todos. Los parroquianos se fueron a otro lugar. Como parte de la gente artificial, me iré antes de que vuelvan. ®

Glosario mínimo

Cristal: metanfetamina de manufactura casera extremadamente adictiva. Puede ser usada de manera intravenosa, fumada, aspirada por la nariz o colocarse debajo de la lengua.
Crico: cristal, también se le llama crico al adicto al cristal.
Fabuloso: limpiador de pisos de exitosa campaña publicitaria que derrotó a Pinol y Maestro Limpio con el slogan: “Todo limpia y perfuma Fabuloso. Fabuloso, hace feliz a su nariz”.
Foco: bombilla de vidrio vacía a la que se le hace un orificio para ventilar y que funciona como una pipa dentro de la que se derrite el cristal para aspirar sus vapores.
Picadero: lugar adonde acuden los adictos a usar drogas, generalmente intravenosas, aunque no exclusivamente.
Tiendita: lugar donde se venden diferentes tipos de droga, principalmente cristal y marihuana.


* Lorena Mancilla (Tijuana, 1975) estudió Filosofía. Divide su vida en real e imaginaria: en la real cría a su hija y se dedica a la venta de habanos; en la imaginaria escribe cuento y crónica.
E-mail: lorenamancilla@hotmail.com .



 

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Arrancaban los años noventa y el LUCC estaba en su apogeo. La Polla Records visitó la Ciudad y dió un delirante concierto en dicho lugar, en el que hasta las paredes sudaron. Entonces el Mosh no sabía nada de huelgas universitarias y se dedicaba a gritar con su grupo Atoxxxico. En la foto hace lo propio con Evaristo, cantante de La Polla.
R.V.
Foto® Horacio Rivera.