París está lleno de bares y cafés frecuentados por sujetos cuyo principal pasatiempo es identificarse con el ambiente hip de Bastille, Montparnasse o Clichy. En estos barrios hay tugurios donde los habituales calman su ansiedad sin altanería ni presunción. Dentro, sólo se pide un sigilo que linda con el clandestinaje. Son los escondites de la inmigración ilegal, de desempleados de mediana edad, chiflados, pirujas aficionadas, toda clase de tracaleros, toxicómanos e indigentes aún con cierta lucidez para reclamar el seguro de desempleo. Fulanos sin calcetines en su mayoría y con rostros como fruta seca por tantas crudas rutinarias.
Una noche de jueves, hace no mucho tiempo, le dije a mi mujer que iría a una tertulia con amigos que solían reunirse cada semana a intercambiar su acervo de lugares comunes extraídos de Le Nouvelle Observateur y El País. El bistro habitual, en la plácida rue Didot, al sur de Montparnasse, estaba pintado de amarillo pálido y los asientos tapizados de plástico verde. El fuerte olor a condimentos y frituras preparaba al olfato para soportar el de tabaco y sudor. El brillo de las lámparas era bilioso y melancólico. Los jueves tenía una excelente oportunidad de regresar a casa haciendo eses bajando unas doce calles por la larga rue d´Alésia, pero en el último momento decidí no presentarme en la reunión y entré al metro Corvisart, a dos calles de donde vivía, rumbo a Pigalle. Treinta minutos después, en una callejuela empedrada entré a un bar como los ya descritos. De inmediato sentí miradas como dardos de quienes se apelotonaban en la barra. Mi presencia interrumpió momentáneamente una achispada discusión en árabe y francés. Había lugar de sobra en las mesas. Di las buenas noches pretendiendo indiferencia y elegí una mesa cercana a una mampara de tiras de madera cuadriculadas que seccionaba el bar. Una pareja de clochards conversaba aislada junto al enorme ventanal de la fachada, grasiento y con cortinillas que pretendían darle un aire hogareño al tugurio.
Luego de echarme una ojeada los vagabundos adoptaron un gesto de confusión, como si no comprendieran por qué el bar toleraba extraños. Entretanto, su gesto cambió a una sonrisa casi amable. Pese al calor, vestían abrigos invernales y en una silla amontonaban dos enormes sacos de campismo, maltratados y atiborrados. Les hice un saludo de mano que fue correspondido por ambos, brindaron conmigo y luego se volvieron uno frente al otro para murmurar simulando ignorarme. Los briagos en la barra gritaban como si tuvieran un pedazo de comida atorado en el gañote. Colgado de la vitrina de las bebidas, el Elvis francés, Johnny Hallyday con su sonrisa de ídolo pueblerino, parecía observarnos desde una foto enmarcada: “Miren, no soy Gainsbourg, pero me he tirado tantas mujeres bellas como él”.
Pedí un pastis a la única mesera y fumé un par de cigarrillos. Al salir del bar di las buenas noches y al mismo tiempo el grupo completo, a excepción de los vagabundos, detonó sonoras carcajadas.
En Pigalle están los bares para solitarios más agradables que haya visto jamás. Por decirlo así, son ergonómicos y rococó. Mantienen casi intacto su estilo desgajado por el posmodernismo, donde lo procaz y lo obsceno no cede ante lo frívolo. Una elegancia sombría a cambio de fluir con el engaño voluntario. Los susurros ambientales incitan una atmósfera de perversas alianzas momentáneas. Se puede beber apoltronado en mullidos asientos de terciopelo curvos mientras las mujeres, vestidas como bailarinas del Follies Bergere se dejan acariciar como anticipo de lo que podría ocurrir más tarde, en alguno de los hoteles cercanos. Para sobrellevar su acoso satinado basta con pedir otro trago a la barra e intentar una conversación pretendiendo no captar del todo su francés triturado o lleno de argot. Siempre distantes, tersas y perfumadas. Nunca ordinarias. Cantineros y mujeres pueden incluso ser cordiales si no retienes el dinero demasiado tiempo para pagar los tragos o la intimidad en hoteles vetustos con iluminación tuberculosa, cuartos estrechos y duelas crujientes bajo las alfombras pardas. En Pigalle se puede caminar tranquilo entre los libidinosos pandilleros que obstruyen las esquinas. Husmear en las sex shops entre chulos que se creen Gainsbourg, busconas a la Bardot y parejas en busca de su último tango. Si la noche en Pigalle tiene su encanto se debe a las acicaladas hordas libertinas que esperan su turno de ingreso a la disco Locomotive y al Moulin Rouge, a los desplantes de los punks que merodean el metro y a las arcadas escandalosas de viciosos tirados en el pavimento, que como un espejismo de neón refleja en su humedad legendaria marquesinas de sexo en vivo y anuncios de intenso azul, verde y carmesí que los enormes travestis, bellos algunos, otros temibles, todos poetizados por Gainsburg, adoran vestir.
Pigalle, bares discretos, de aterciopelada dejadez y música ambiental nunca por encima del cuchicheo. Tiene sentido oír la voz melancohólica de Serge Gainsbourg. Un radical y santo patrono del pornopop. La Chanson Française. Pornógrafo e incestuoso. Un omelette de Sinatra, Johnny Rotten y Baudelaire. Su padre trabajó como pianista en cabarets travestis de Pigalle. “La fealdad tiene mucho más de donde tirar que la belleza. Aquélla perdura.” Años sesenta. “Quiero ser una estrella en 1965, de ser necesario me convertiría en rockero.” Setenta. Compone y produce Vu de L´Extérieur, canciones sobre muñecas sexuales, flatulencia y mierda; a mediados del estallido punk aparece “L´Homme a Tête de Chou”, que cuenta la historia de un tipo que mata a su amante y que está tan consumido por la miseria y la masturbación que su cabeza se convierte en una coliflor, y “Aux Armes Et Caetera” es una pacheca versión en reggae de “La Marsellesa”, tan provocativa e insultante para los franceses como “God Save the Queen” de los Sex Pistols para los ingleses. Ochenta. Decadencia. “El alcohol preserva las frutas y el cigarro la carne.” Marzo de 1991. Muere sin escándalos. Solo, en su cama. Cementerio de Montparnasse. Ataque al corazón un día después de la celebración del cumpleaños 29 de su enésima mujer, Bambou, y un mes antes de que él cumpliera 63. Duelo Nacional. Mitterrand: “Es nuestro Baudelaire, nuestro Apollinaire”. Chirac: “Mi canción favorita es ‘Harley Davidson’, está incrustada en mi corazón porque la canta con Brigitte Bardot”. Escenificó videos eróticos con su hija, a quien hizo grabar gemidos de placer en sus canciones. Se tiró entre otras a Catherine Deneuve, Jane Birkin y Bardot, a quien compuso “Voulez-vous dancer avec moi”, “Bonnie & Clyde” y “Je t´aime... moi non plus”. Los periódicos informaban que la pareja cogía en el estudio mientras rodaban la película. Marianne Faithfull: “Serge era increíblemente atractivo. De tan feo era bello. Extremadamente arrogante y muy sexual. Siempre sabías que si ibas a la cama con él saldrías bien satisfecha. El sexo era una manera de relacionarte con Serge, probablemente la única que a él le gustaba, pero teníamos una afinidad filosófica, una seria y platónica amistad basada en el surrealismo, la poesía y Oscar Wilde”. Cineasta de melodramas eróticos. Hábil y copioso polígrafo, sentimental y provocador que identificaba tan bien la fama de seductor y licencioso del parisino. Birkin tenía veinte años y él cuarenta cuando se conocieron y grabaron juntos una nueva versión de “Je t´aime... moi non plus”: “Es sumamente flojo, hay que empujarlo para que se ponga a escribir”. El Vaticano lo excomulgó y el presidente de Phonogram en Italia fue a la cárcel. El álbum Jane Birkin-Serge Gainsbourg incluía éxitos como “69 anné erotic” y “L´Anamour”. En un programa de televisión le dijo en inglés al presentador que se quería tirar a Whitney Houston, sentada a su lado. “¿Qué dijooo?” “Eh, nada, madame Whitney, Serge sólo quiere ofrecerle flores...” “¡No traduzcas por mí, dije que quiero cogérmela!” En otro se prendió un Gitane con un billete de 500 francos y se justificó diciendo que prefería eso a darle su dinero a la oficina de impuestos. En otro más, borracho, se olvidó de cantar con la pista y completó su número manoseando los traseros de las coristas rubias y negras en hot pants que bailaban frente a la cámara. (En un programa de televisión similar, por la misma época, Charles Bukowski se presentó hasta la madre y pocos minutos después se negaría a seguir hablando si no le servían más vino.) Ante el escándalo público, se defendió. “Mi vida y mi arte han sido una búsqueda de la verdad a través de la perversión.” Vestía trajes caros y sin calcetines, su alter ego inspirado en Bukowski, Gainsbarré, aparecía en los videos recitando estrofas lascivas y procaces. Influyó decisivamente en el estilo desgarrado y ausente de Sonic Youth y Beck, por ejemplo. Está en la memoria colectiva de la leyenda urbana. En carteles y aforismos desplegados en el metro y en las calles. Ambientando con su música bares y cafés. “Soy un ladronzuelo, un gran estafador, incendiario, agitador, depresivo, pesimista incorregible, fiero, tramposo, imborrable, torpe, adicto y violento.”
Seeeeea, sex and suuuuuun, canta Bardot, en inglés, tan desentonada como podría hacerlo a punto del orgasmo. ®


 

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Arrancaban los años noventa y el LUCC estaba en su apogeo. La Polla Records visitó la Ciudad y dió un delirante concierto en dicho lugar, en el que hasta las paredes sudaron. Entonces el Mosh no sabía nada de huelgas universitarias y se dedicaba a gritar con su grupo Atoxxxico. En la foto hace lo propio con Evaristo, cantante de La Polla.
R.V.
Foto® Horacio Rivera.